10 abril, 2017

Viernes Santo: historia de un fracaso


Al final todo quedó en la tumba. Mira qué decían creer en ti. Que creían en tus propuestas de hacer un mundo mejor. Te llamaban Mesías, Salvador. Incluso te recibieron en la ciudad con alegría y con un desfile de palmas. Lo habían tenido fácil: habían sido testigos de tus milagros.
Pero no sirvió de nada.
El poder religioso vio cuestionado todo lo que representaban. Los sacerdotes se pusieron nerviosos. ¿Pero quién es éste que habla en nombre de Dios? ¿Quién se ha creído que es? No para de crear revueltas desde su aparición con su primo Juan el Bautista, el decapitado.
Tenemos que quitárnoslo de en medio.
Los sacerdotes eran malas gentes. No se consideraban iguales al resto de los humanos. Sobre todo hacían hincapié en sus ropas. A los ojos de los demás, ellos tenían que ser distintos. Se refugiaban en el Templo, convirtiéndolo en una cueva de ladrones. Dentro no habitaba ya Dios. Quien mandaba era el dios dinero.
A los sacerdotes, Jesús les incomodaba y decidieron eliminarlo. Pero el clero de la época era muy cobarde. No querían aparecer como los que condenaban. Así que decidieron manipular al pueblo. Qué fácil es. Y así lo hicieron. Y en pocos días, aquellos que le recibieron en Jerusalén, decidieron enviarlo a la Cruz y cambiarle por Barrabás.
Hasta los suyos le traicionaron.
Y allí acabo todo, en la cruz.
Así de triste es hoy la vida para muchos cristianos. Se quedaron en la Cruz y no siguieron leyendo el Evangelio. Se quedaron sin el final que es el principio. Hoy, les vemos a estos cristianos perdidos por las calles, haciendo cosas que no tienen ni pies ni cabeza. Le gritan al Cristo agonizante que es muy guapo y muy bonito. ¿Pero cómo se le puede decir eso a un hombre que se está muriendo o está a punto de serlo? Han convertido una semana de dolor y llanto en una fiesta. ¡Música, aplausos, jaleo! Mientras, otros cristianos estamos encerrados interiormente sufriendo el luto. El luto del fracaso que sólo superaremos la tarde del Sábado Santo.
Cuando esos cristianos estén preparados el domingo por la mañana para ver como se corretean a toros por las calles de algunos pueblos y otros estarán sencillamente durmiendo, la historia continuará.
Y la oscuridad será luz. La muerte será vida. Y la mañana será despertada por un grito de asombro y alegría después de una garganta femenina: ¡No está!
Y no estará, porque la historia de dolor y muerte habrá terminado porque empieza la Pascua. Empieza la fiesta. Pero aquellos no se enterarán porque estarán cansados de 'celebrar' la pasión y la muerte de Jesús.
Qué pueblo éste que se emboba en la muerte y no sabe disfrutar de la alegría de la vida.
Para muchos, el viernes santo termina su historia. Por eso la querrán repetir a lo largo del año. No han sabido o no les han enseñado a salir de la muerte. Y siguen en una Semana de Pasión perpetua, en un bucle sin fin. Encima, como no compartes con ellos esa manera de 'cristianismo' reducido a folklore, te llamarán cristófobo. No hay más cristófobo que el cristiano que no es capaz de ver a Cristo resucitado en el prójimo.

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