22 abril, 2017

Querido libro de papel: ¿te diste cuenta que te dije adiós?


Desde hace ya tiempo he dejado de leer en papel. Son todo ventajas. Sí, me dirán que no podré oler el olor a nuevo de la tinta impresa. Que no podré tener ese placer de pasar las páginas... sí. Ya. Son muchos años de lector. Tengo 51 años y han llovido muchas letras desde que mi madre me entregó el segundo gran regalo de mi vida (el primer regalo que me hizo fue ese precisamente: la vida): un cuento de H. C. Andersen, El patito feo.
Así entre cuentos y cómics  tebeos fue pasando al libro juvenil (Julio Verne, Enid Blyton) y al libro adulto. Sobreviví a los quince años a aquel intento de algunos maestros de alejarme la lectura al obligarme, y lo pongo en negrita, en la clase de literatura a leer los primeros libros de la lengua castellana: El cantar de Mío  Cid, La Celestina, El conde Lucanor.. me pregunto cuántos posibles lectores cayeron en aquella batalla adolescente y no han llegado a ser lectores en su vida.
No es cuestión aquí de escribir la biografía de mis libros. De mis emociones infantiles con Enrique, el protagonista de 'Corazón' de Edmundo D'amicis. O de mis emociones con los libros de Jostein Gaarder. No. No es la cuestión.
Este escrito es un mea culpa. Una exposición pública de mi culpabilidad, porque es así. Me siento culpable. Lo confieso: hace años que dejé el libro de papel. Todos los que he leído, reposan como víctimas, como momias en mi trastero o en la casa de mi padre. No tengo sitio ya. No sé cuántos son. Muchas veces intenté hacer un índice. Y otras tantas fracasé en el intento. No sé cuántos tengo. Más de mil, seguro. No sé cuántos he leído porque no corresponde con lo que tengo. Libros prestados que nunca recuperé. Libros que me prestaron y que nunca devolví. Dicen que los libros buscan a sus lectores. Puede ser, puede ser que lo hagan. Pero yo, les he traicionado. Como cuando dejas a un perro en la carretera. Te han acompañado toda tu vida y ya no los ves en la estantería.
Hasta donde llega mi culpa, que en mis dispositivos electrónicos de lectura, los he vuelto a cargar. Y en mi estantería virtual sigo viendo sus portadas. Están ahí. En recuerdo de lo que fueron y de lo que me aportaron.
Pero tengo mis razones. Con 51 años e hipermetropía necesito letra grande. Los libros de letra grande son caros. También son voluminosos. Soy una persona que me muevo bastante y cargar con varios tochos de un lado a otro es una incomodidad. Porque tengo esas, que suelo llevar varios libros para adelante. Mente inquieta. Me canso de uno y tiro para otro. Un libro es mi best seller cuando no me cansa.
Además, la alergia no me ayuda con los libros. Me ahogan. Huelo el polvo que el tiempo acumula en ellos. Limpiarlos puede ser para mí, mi final con una botella de oxígeno. También el libro electrónico me ha permitido acceder a cantidad de publicaciones gratis que ya han perdido los derechos o a comprarlos más baratos y también a llegar libros a los que antes era casi imposible llegar. Libros de otros países o en inglés, por ejemplo.
Tengo varios dispositivos electrónicos para leer. Uno, el libro electrónico normal, con pantalla de tinta electrónica, como la de los relojes digitales. Cuánto más luz, mejor se ve. Son ideales para llevar a la playa. Baterías casi eternas. Luego, leo también en mi tablet. Perfecto para leer de noche. Fondo oscuro. Letras grises. Agradable a la lectura y puedes hacerlo con la luz apagada sin molestar a la pareja si eres de los que lee (como yo) en la cama. Y mi móvil tiene 5.5 pulgadas. Sí, es de pantalla grande. Incómodo en el bolsillo, pero perfecto para leer en situaciones imprevistas: tren, mientras esperas en el médico. Hay momentos para leer que antes no tenía porque el libro me ocupaba sitio.
Sí, soy fan del libro electrónico y lo confieso, dejé el papel. No digo que uno ni otro sea mejor. Sólo digo el que mejor me va a mí. Me preocupan las librerías, su futuro. No sé cómo van a superar esto. También confieso que cuando veo libros en tiendas, luego busco la referencia en internet y si me gusta, lo pido. Pero no en la tienda física. Por eso insisto: me preocupa el futuro de las librerías clásicas. La tecnología aplasta y me siento culpable. 
¿Habrá algún libro que sepa lavar mi culpa? No lo sé. En el fondo, no les he abandonado. Sigo leyendo. La lectura es como una droga para mí. Pero los tiempos han cambiado. Los libros también y yo... yo también cambié.

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