31 agosto, 2012

Monte Carlota

Es curioso. Está llegando el fin del verano. Están cambiando los colores de los atardeceres y no sé por qué, he vuelto a escribir más poesía. Tengo actividad laboral, menos en la radio, que tenemos un descansito, que retomaré ya la semana que viene, sigo teniendo actividad política de partido, pero interna, de esas de mirarnos las tripas. La situación externa también es preocupante... pero la mente, el cuerpo, me pide poesía. Escribirla y leerla. Y me alegro, porque me siento más productivo que en otras cosas.

Hoy he escrito una que hay que explicarla para comprenderla. No he encontrado foto apropiada. Tampoco tengo foto del original ... y hacerla, ya es imposible porque no existe.

De pequeño, ocho - diez años mi padre me llevó a un monte cercano a casa cuando yo vivía en el campo. Era un monte pequeño, con una casa abandonada por una familia cuya mujer se llamaba Carlota.
Aquél paseo al monte a mí me pareció toda  una expedición. Era pequeño, las alturas para mí eran máximas. Las pendientes eran abismos y bajo la protección de mi padre, todo aquello para mí era una aventura y yo, el gran explorador.

Todo aquello no existe, el urbanismo, las apisonadoras, destruyeron el monte, pero a mí se me quedó clavado en la mente hasta hoy. Tanto, que recuerdo que en la escuela, me preguntó el maestro una vez que cuál era la montaña más importante del mundo y yo, en vez de decirle el Everest... le dije el Monte Carlota... le tuve que contar esta historia que hoy os he contado a ustedes.

Y ahora el poema, que como todos, está recogido en mi poemario Asidonium.

Es el Monte Carlota testigo de la navidad fría,
verde hacia arriba Himalaya inmenso
para los ojos que alcanzan al nivel de los sueños.
Campo de fútbol a tu espaldas,
casi tocas el cielo sin tener alas.
La casa vacía, sola,  una ventana.
La puerta cerrada, no se percibe alma.
Sólo la fuerza del nombre,
que vaga por todas las curvas
de la tierra emergida hacia arriba.

Detrás lo contrario,
como una boca abierta
la cantera quiere comer el aire.
Vértigo de profundidad
al niño pequeño
que se agarra a un árbol del filo.
Es un cráter de imaginación,
volcán temido escondido en las entrañas,
Paseo atrevido por el borde.

Sube a lo más alto.
Mira a la ciudad. Al campo.
Se cree un dios.

3 comentarios:

Mark de Zabaleta dijo...

Parece interesante que en estos momentos de "asueto profesional" traigas estos recuerdos de la infancia...que muchas veces nos ayudan a racionalizar mejor las cosas!

Un cordial saludo
Mark de Zabaleta
www.markdezabaleta.com

MAMÉ VALDÉS dijo...

La imaginación de los niños es prodigiosa y la vez sana, ya vendrán los años y lo destrozaran todo.

Todos tenemos nuestro Monte Carlota particular, un saludo.

Eastriver dijo...

Resulta interesante... Me gusta la voz lejana que recuerda, justifica, que contempla incluso desde lo alto... Desde lo alto, más arriba incluso que Monte Carlota.