22 julio, 2012

¡Que no nos toquen la autonomía andaluza!


Yo tenía quince años cuando se vivieron en Andalucía los tiempos importantes para construir nuestra Autonomía. Una Autonomía que nadie puede negar ha puesto a Andalucía en niveles de cultura y servicios públicos insospechados hace treinta años.
Sé lo que costó conseguirla. Sé y recuerdo, aunque no pudiera votar por ser menor de edad, de los engaños de la derecha para que Andalucía no fuera libre.
Ahora vienen a quitarnos de nuevo nuestros derechos. ¡No se fueron! Con terror descubro que  ¡son los mismos! ¡sus hijos, pero son los mismos! No quieren la autonomía para Andalucía, aquellos que pidieron a mis padres que no votaran porque no era su referendum.
¿Vamos a consentir que las derechas del Partido Popular y UpyD nos vayan a quitar un mínimo de nuestra autonomía? ¡Ni locos, tenemos nuestra historia ahí grabada para siempre!!
¿Vamos a olvidar el asesinato de José Manuel Caparrós? ¡¡¿¿ Pero qué venís a contarnos como decía Gala, al pueblo más sabio de la Tierra??!!

¡Ni se os ocurra tocarnos nuestra Autonomía! ¡Muérdeles, Troylo, desde el cielo, muérdeles!!!




Charlas con Troylo

‘¿Da usted su acuerdo a la ratificación de la iniciativa prevista en el artículo 151 de la Constitución a efectos de su tramitación por el procedimiento establecido en dicho artículo?’ ‘Contesta, Troylo, anda’, te insistí. Y tú me contestaste: ‘No me llames de usted’. ‘Quién puede ser tan maligno o tan torpe como para redactar una pregunta sobre la autonomía andaluza de esa forma?¿al pueblo más rápido de España se le aborda con sinuosidades?¿al más vivaz, con ininteligibles circunloquios? Muérdeles, Troylo, hazme el favor. Dales un buen mordisco a ver si se enteran de una puñetera vez con quien se están jugando los cuartos.


¡Dios!, ¿es que no está bien claro? ¿no fue la resignada Andalucía donde se promulgó la Constitución del 12, que representa el símbolo de los anhelos liberales contra la monarquía absoluta?¿No fue en ella donde se dio garrote vil a Mariana Pineda, y se fusiló a Torrijos y a sus compañeros? ¿No fue en ella donde se constituyó la Junta Soberana de Andujar en 1835; donde se fundó el primer falansterio fourerista por Sagrario Veloy; donde se forzó la creación de la Guardia Civil, como cuerpo de represión y orden rural, ante las exigentes demandas campesinas; donde se alzaron Manuel Caro y sus huestes de jóvenes imberbes, que asaltaron la casa – cuartel de Utrera, y en Arahal – respetuosos de las personas y los bienes – quemaron las escribanías y los archivos municipales para destruir los títulos de propiedad privada de las tierras?¿No fue en Andalucía donde estalló la insurrección de Loja en 1861, cuando seis mil campesinos destituyeron a las autoridades y formaron un gobierno local, y donde el movimiento federalista alcanzó tal repercusión que, representadas las provincias por sus Juntas, los pueblos andaluces saltaron de las barricadas al campo y la guerrilla, en lucha contra el estrangulador poder central? ¿No fue allí donde surgió la Primera Internacional Socialista de Málaga en 1870; donde en el 74, exasperada la desigualdad de clases, apareció la mano negra; donde los mineros de Río Tinto trazaron, con el rojo de su río y de su sangre, una página inmensa? ¿no fue Cádiz ‘la patria solariega de la libertad’, que albergó el inicial grupo socialista de España, y los clubes revolucionarios, y las insurrecciones republicanas de 1868 y de 69, y el primer núcleo anarquista andaluz, al que siguieron tantos, tantos, tantos? ¿Quién se ha olvidado los nombres promotores del ideal de justicia y libertad y autonomía, entre los que sobrevuela Blas Infante, que animó en 1913, en el Congreso de Ronda, el sentido regeneracionista andaluz, su abanderado despertar, su toma de conciencia tan largo tiempo intencionadamente demorada a fuerza de somníferos y terribles sedantes?¿No fue Andalucía, la bella durmiente, quien despertó en 1933, con la sublevación de Casas Viejas, tan dura que cambió su nombre por el de Benalup de Sidonia, y que ratificó lo históricamente comprobado: que a la tierra más fértil de España ninguna tímida reforma agraria la podrá seducir ni serenar? ¿No se demostró en Andalucía que, revuelta la ultra izquierda contra la II República, fueron las derechas las que pretendieron hacer su interesada revolución contra una y otra?¿Y no fue esa revolución la guerra de los Tres Años, cuyos despiadados efectos estamos padeciendo aún, si bien con la ilusión, decepcionada hoy, de que no perdurarían mucho tiempo?
¡Dios!, ¿es que no está bien claro? ¿No está demasiado claro lo que pude resultar de veras desestabilizador?¿O es precisamente tan excesiva claridad lo que procura oscurecerse con la confusión de una estúpida pregunta? ‘¿Da usted su acuerdo a la ratificación de la iniciativa prevista en el artículo 151 de la Constitución a efectos de su tramitación por el procedimiento establecido en dicho artículo?¿Dónde está la palabra Andalucía?¿Dónde está la palabra autonomía?¿En qué cajón de sastre nos quieren meter?¿Por qué recomiendan abstención quienes ayer se rasgaban las túnicas ante su sola posibilidad?¿Cuántos periodistas serviles se arrodillan ante un ucase? ¡Qué cosa más idiota! Jugar con fuego se llama a tal locura.
Tú, Troylo, conoces bien Andalucía: la generosidad y solidaridad de las ocho guapas hermanas, que fueron el adorno del mundo, ante de que las expulsiones centralistas de judíos y moriscos echaran un tenebroso velo sobre la gloria de sus mil y una noche de sabiduría. Yo te he hablado del tiempo en que las famas andaluzas, ‘tanto por plumas cuanto por espadas’, colmaron la historia de ese vago sueño denominado España. Yo te he hablado del tiempo en que los caballeros del Sur arrebataban, allí dónde estuviesen, ‘en la sortija el premio de gala,/ en el torneo el de la valentía’. Yo te he hablado del tiempo en que, entre sus columnas del non plus ultra, el eterno león sacudió sus doradas melenas: las rebeliones de las Alpujarras, la Vereda de la Plata, Sierra Morena, Bailén, los bandoleros que triunfaron de Fernando VII, la Constitución Federalista, las agitaciones campesinas del primer cuarto de este siglo, las fatigas de los congresos que prepararon el Anteproyecto de Bases para su estatuto. Yo te he hablado, y te has enardecido, del tiempo – todo el XIX, desde las Cortes de Cádiz hasta el asesinato de Canovas y la exaltación de Silvela, andaluces los dos- en que España vivió bajo su suave hegemonía y en que las ideas se pronunciaban con acento andaluz. Yo te he hablado del tiempo – siempre, siempre – en que la poesía levantaba y levanta sus claros surtidores en los patios sureños, de mármol o de cal. Yo te he hablado de los buenos tiempos en que ellas, las ocho hermanas, fueron tierra de promisión de la que nadie se iba, sino a la que se venía con ojos o codiciosos o felices, todos: desde los reyes cristianos a los emigrantes alemanes o suizos – a veces la vida da vueltas de campana – con que Carlos III repoblaba sus campos, pasando por los gallegos, los santanderinos, los vascos, los sorianos.
Y ahora nos vienen, Troylo, con preguntas esotéricas. Boquitas de piñón vienen a preguntarnos a nosotros, Troylo – que hemos recorrido, extasiados, desde la Sierra de Segura hasta las marismas del Guadalquivir-, vienen a preguntarnos, en palabras sesgadas, a nosotros, si queremos que nos dejen en paz. Como si no lo hubiéramos gritado a pecho abierto una y mil veces más. Óyeme, Troylo, bien: tres enemigos tiene la autonomía andaluza: la ultraderecha, el Gobierno y la estupidez. O quizás sean las tres la misma cosa. No sé si tú estarás en el censo, Troylo, hijo, como perro andaluz, porque hasta las listas de los censos nos las han enrevesado y dilatado para que no sepamos ni quién somos, ni cuántos somos, ni dónde estamos, ni lo que exigimos. No sé si tú estarás en las listas para poder contestar un sí como una casa, como un millón de casas, a la inhábil pregunta. Por eso, te lo repito, Troylo, lo mejor es morderles. Pégales un mordisco, y que se vayan con su maldita música a otra parte.

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