Recuerdo que cuando mi madre me levanta de pequeño, tendría cuatro o cinco años, me contaba historias de países lejanos. Mundos exóticos que se me imaginaban en mi casa. Dos nombres quedaron en mi memoria para siempre: Buenos Aires y Porto Alegre.
Buenos Aires porque mi madre siempre recordó que Argentina mandó carne de caballo durante los años de la hambre y eso fue lo que ella comió durante un tiempo, y pasó tanta hambre, que aquello debió de parecerle manjar de dioses. Porto Alegre, en Brasil, era la ciudad a donde se fue su tía Lola y su marido, huyendo de la guerra y para que no lo fusilaran.
Pero a mi corta edad yo era ajeno a aquellas tragedias.
A mí lo que me gustaban eran los nombres: Buenos Aires y Porto Alegre. No me digan ustedes que no son nombres preciosos para una ciudad.
Y seguí creciendo y pensando en países lejanos. Desde mis libros de texto soñaba con ellos, y me puse realmente pesado con diez años por ahí cuando conseguí que mi tía Pepi me comprara un globo mundi, una esfera terrestre. Me pasaba las horas mirando el mundo, dándole vueltas, recorriendo los países con mis dedos y con la mirada, y descubriendo un día que, como Tom Sawyer a través del mundo, los países no eran del color en el que estaban pintados.
Crecí y la tecnología creció, o por lo menos, yo tuve conocimiento de ella. La radio empezaba a hacer tilín en mí, y la suerte hizo que mi madre, otra vez ella, comprara una radio con onda corta.
Qué delicia. Escuchar idiomas extranjeros que no entendía nada. Me los imaginaba en sus estudios, vestidos de otras maneras distintas a mí.
En las emisiones en español me quedaba. De América no me llegaban emisoras no sé por qué, lo preguntaré en el próximo programa de Un Punto Azul, pero sí de Europa en español.
La que más escuchaba era Radio Deustch Welle, o radio Doichebele como decía yo.
Había un programa de correspondencia, donde hacías amigos a distancia. Escribí y nunca oí que saliera mi mensaje. Los horarios eran muy raros y yo no coincidía. Así que triste, pensé que no había salido.
Pero un día llego mi padre, con una carta para el niño. Venía de Brasil. Ponía por avión, era blanca, y los filitos verdes y amarillos, los colores de la bandera brasileña. Me quedé extasiado: ¡Era la primera prueba de la vida, de las personas en otros países que llegaba a mis manos!
Quién me escribía, se llamaba Pablo, tenía catorce años. Lo hacía en portugués lo cual me daba más morbo, pero lo entendía bien.
Diréis que porque os cuento todo este rollo. El otro día le hacía un comentario a la Abuela Cyber en Uruguay. No sé ustedes, pero yo soy absolutamente consciente de que esto de internet es maravilloso. Pero no maravilloso sólo. ¡Es la leche, cómo decimos en Jerez, mi ciudad!
Lo que antes era imposible ahora no lo es. Escribes en Uruguay, Argentina, Chile, Perú.., y a los diez segundos, lo leo aquí. Conozco las realidades de otros países, por las personas que la viven y no por lo periodicos que me lo cuentan.
Soy plenamente de qué es hoy la aldea global. Un globo, un mundo, que quizás por la afición que tengo a la astronomía y a mirar al cielo, cada día lo noto más pequeño. Lleno de problemas, de historias, de sufrimientos, de alegrías, pero pequeño. Muy pequeño. Me comparo con los astronautas y cosmonautas que desde la ISS miran a la Tierra desde un vistazo.
Bendito internet éste que nos acerca a las personas y nos hace más humanos.










