No creo que tu ingenuidad sea lo bastante fuerte como para que te creas o no te creas lo que escribo. He pensando despojarme de este traje de hombre principesco en estas calurosas noches de verano boreal para dejar escapar al ser que llevo dentro desde el nacimiento de mi yo consciente.
Mañanas frescas que me levantaban al olor del café con pan migao. Una mesa limpia. Un hule limpio y mi cuadernito de supercuentas Rubio.
El baño de zinc lleno de agua, en el patio, al Sol. A las doce, el baño hasta la hora de comer.
De postres, altramuces fresquitos, que mi padre había criado en su huerto y quitado el amargor durante noches metido en una talega introducida en un canal de agua dulce.
Después de la siesta, recoger los huevos de las gallinas que cuidaba mi padre. Se los subía en alto para que él no doblara su espalda, herida por una hernia discal. Él lo colocaba metódicamente en los cartones, formando las docenas.
No fui un niño al uso. No tenía playstation porque no existían, pero tampoco las hubiera querido, como nunca quise los coches de juguetes, los indios y cow-boys, o el balón de fútbol.
Me pasaba el resto del día observando, mirando, descubriendo. Mis juguetes era lo que me ofrecía el mismo campo.
Las hormigas. Las había pequeñitas y las gordas de cabeza roja. Las pequeñitas eran muy laboriosas. Las otras más guerreras y más víctimas. Los pájaros la tenían tomadas con ellas.
Carriles larguísimos que me llevaban al hormiguero. Me gustaba interrumpirles el camino, con una hoja, una piedra. Veía su desconcierto y cómo, en poco tiempo, mirándose (eso creía yo, aunque en realidad estaban oliéndose) unas a otras volvía al orden perfecto.
Las arañas. En sus telas frágilmente tejidas pero fuertes como el acero, yo las acechaba cuando parecían dormidas. Era malo, hoy lo reconozco. Cogía alguna mosca y se la tiraba a la telaraña. La veía salir cuando la tela empezaba a vibrar. Acercarse a su (mi) víctima, picarle, dejarla quieta, muerta y liarla pacientemente con su tela. La dejaba para después. Y volvía a su redil, por si alguien caía de nuevo.
Serpientes, tortugas, erizos, lagartos, eran juguetes que no tan a menudo rompían mi rutina estival entre el asombro y el miedo. Miedo que hacía sudar adrenalina cuando me enfrentaba a las más grande de las batallas: las avispas. Te destruyo tu avispero. A pedradas o con fuego. Luego, huía con los pies en polvorosa, hasta que descubrí que las avispas volaban, a veces, más rápido que yo corría, y aprendí, que cualquier ser del mundo nunca debe ser minusvalorado por su apariencia.
Pero lo que más me gustaba el atardecer. El sol se ocultaba, llegaba el fresco, veía las estrellas que eran mis juguetes de la noche, y empezaban los sonidos. Cri cri. El canto del grillo, que con sus élitros termómetros me indicaban que era de noche.
Entonces me iba a la charca. Y allí estaban. Croac. Más tarde. Croac croac. Me habían sentido. Me quedaba quieto. Y todas salían. Las ranas. Me quedaba tirado en el suelo caliente de julio mirando a las estrellas: aquella es Vega justo encima de mi casa. Y aquella Deneb. Y la otra Altair. Mientras, las ranas no paraban de cantar. Venían a mi mente los retazos de mis lecturas, de mis cuentos. Ranas protagonistas de cuentos como Pulgarcita, cuentos de duendes, niños, niñas, brujas y hadas, de Hans Christian Andersen, que me hacían vibrar.
Yo mismo me sentía rana. Sé que hoy, de mayor he seguido siendo rana para algunas personas que se quejan de que no bailo como ellas quisieran. Dicen que he salido rana. Yo les digo que no. No he salido. Yo fui en mi infancia rana. Viví con ellas. Escuché su canto. No me importa si no le creen. Pero las entendía. Conocía sus letras. Sé lo que decían.
Me dormía despierto entre astros, vía láctea y sus croacs.
Esa rana que fuí se durmió un día y no volvió a ver ni hormigas, ni saltamontes, ni libélulas, ni mariposas, ni arañas, ni avispas. Dejó de ver figuras en las nubes de algodón, de jugar con barcos de papel en el agua. No escuchó más cantos de grillos, necesitó telescopios para ver las estrellas. Cambió la calculadora por su cuadernito Rubio y dejó de ser rana, para ser un hombre.
Hasta que un día, sin esperarlo, entre prisas y agobios, tuvo un momento. Un segundo. Le besaron en la frente. El hombre, que se creyó un príncipe, desapareció de nuevo, y se convirtió en rana. Aquí estoy, cantando feliz, acompañado con el dueño de mi beso, y maravillándome de las cosas sencillas que son las que realmente tienen hoy valor para mí. Que canten las ranas. Son mis amigas. Soy uno de ellas.







