
No había contado esto nunca por aquí, la verdad es que tampoco me avergüenzo, pero bueno, con todo este follón que hay montado en la Iglesia Católica con el tema de la pederastia, se me viene a la mente y no paro de recordarlo.
Cuando terminé la EGB, tuve la mala fortuna (a la larga, fue buena) de que mi profesor tutor tenía metido en la cabeza que los hijos de los trabajadores no debíamos ir a la Universidad. Así, que a mí, que tenía muy buenas notas, y el trabajo de mi padre consistía en ser avicultor, cuidando gallinas, me aconsejó estudiar FP. De todas formas, gracias al trabajo de mi padre, hoy soy lo que soy, y la verdad, me siento muy contento, muy orgulloso, y no lo cambiaría por nada del mundo. Es más, si tuviera que elegir nacer y pudiera, le volvería a elegir cien mil veces como padre. Y quien conoce a mi padre, sabe que digo verdad.
Mi madre, dejándose llevar por los consejos de aquél tutor (un orientador escolar en 1980 era algo más que ciencia ficción) decidió que yo, con catorce años estudiara mecánica. Tenía su buena idea mi madre, porque muchos primos míos eran mecánicos y tenían trabajo. Lo que pasa que a mí la mecánica no me gustaba para nada.
Me matriculó en un centro salesiano, donde viví una experiencia ambivalente. Me gustaba la formación religiosa que daban. Yo siempre he sido muy beatillo, y a los catorce años, apuntaba maneras.
Me gustaba la manera de ser de los salesianos. Defendían mucho la alegría, no había nada de represión, ni de cosas raras. Yo me lo pasé bien. Iba todas las mañanas a una misa para niños a las que íbamos cuatro gatos, porque eso implicaba llegar media hora antes al colegio, que por cierto estaba en la otra punta de Jerez, tardando yo media hora andando en llegar. Pero no me costaba, en absoluto. Tengo suerte, no he sido perezoso jamás para levantarme. Me encanta levantarme temprano. Eso sí, mi siesta que no me la toquen.
Claro, la mecánica no me gustaba, me aburría, tenía un profesor de taller que era un ogro. Sabía mucho de mecánica, pero de pedagogía, nulo.
Así, que me declaré en huelga. No estudiaba. No hacía tarea, excepto dibujo técnico que me encantaba. Yo quería estudiar algo relacionado con el campo, pero como mi madre no me hizo caso. Pues nada. A hacer el vago.
Pero a mi madre no le cabía en la cabeza que yo fuera vago. Ella pensaba que era torpe, y con toda su buena voluntad, hizo caso a una amiga y me apuntó a un profesor de clases particulares.
Empecé a ir en verano, para ‘recuperar’ matemáticas, que en realidad no tenía que recuperar nada, solamente que no aprobaba porque no me daba la gana.
Pero bueno. Estuve yendo en verano y el maestro le dijo a mi madre que yo era muy listo. Pues vale. Yo veía algo raro en aquel maestro, que puntualizo, era muy religioso, pero no tenía nada que ver con la Iglesia. Muy severo con nosotros, nos reñía que daba miedo. Yo tenía entonces 14/15 años. Pero luego, hacía como el que se arrepentía y se volvía bueno de repente, muy tierno y muy simpático y le hacía carantoñas a todo el mundo. Menos a mí, porque la primera vez que me tocó di un respingo y es quien me conoce sabe que no soporto que nadie me toque (salvo las personas elegidas, jejeje).
Pues terminó el verano, y yo con mis artimañas que en otra ocasión contaré, conseguí matricularme en Agrarias, lo que yo quería y estudié Viticultura y Enología (ole el vino de Jerez, aunque a mí me gustaba más las viñas y esas cosas).
Surgió un problema, las clases ahora eran por la tarde. De tres y media a nueve y media de la noche. El maestro le había dicho a mi madre que era muy listo yo, pero que si seguía sin dar clases particulares me podía venir atrás, porque Agrarias era muy difícil.
Y mi madre, tan inocente, le creyó y me puso otra vez en clases particulares, pero de dos a tres y media, antes del Instituto. Y que pasaba, que entonces ibamos sólo tres niños, de mi edad.
Por aquel tiempo, un compañero se puso malo con mucha fiebre, estuvo ingresado y tal, y el maestro me contó que todo eso le había pasado por el desarrollo. Yo con quince años había leído lo suficiente, como para, aún estando en la edad del pavo, saber que me estaba mintiendo. Su obsesión era saber si yo estaba desarrollado.
Aquello me olía mal. Sabía que algo estaba pasando. Sabía que con mis compañeros pasaba algo también, pero nadie hablaba.
Un día me mandó a comprar una cocacola, y mandó a los otros compañeros por otra cosa. Cuando entré en su despacho, me lo encontré con los pantalones bajados, con su cacharro fuera y me dijo: Ves, yo estoy ya desarrollado. No te de vergüenza o algo así.
Yo cogí mi vespino y desaparecí. Me harté de llorar recuerdo escondido en un sitio donde nadie me viera.
Decidí que no podía volver allí, pero claro, tenía un problema. El recibo. Mi madre me daba me acuerdo tres mil pesetas, que por aquél entonces era un pastón, y luego yo le daba el recibo. Si a final de mes, yo no le daba el recibo a mi madre, ésta podía pensar que yo me había quedado el dinero. Y ni por nada, se me pasaba por la cabeza el contarle lo que había pasado. Mi hermana, que entonces tenía 22 años, le decía a mi madre: Mamá, ese maestro no me gusta. Pero mi madre la pobre, quería lo mejor para mí.
Llego final de mes y tuve que ir a pagar por el recibo. No me dijo nada, me cobró el muy sinvergüenza y ya no volví hasta el mes siguiente, que sería noviembre.
Me puse a estudiar como un loco. Sabía que si yo demostraba que no era ‘torpe’ mi madre me quitaría de las clases particulares. Además, jugaba un factor importante, me encantaba lo que estaba estudiando.
Tenía muchas asignaturas, y cuando me dieron las notas, mi madre por poco se cae de espalda: yo había sacado diez sobresalientes, dos notables y un suficiente (el suficiente en gimnasia jajaja). Mi madre me comió a besos y yo le dije, mamá, ya no me hace falta maestro. Mi madre dijo que maestro más bueno (y yo para mís adentros gruñendo) y fue a darle las gracias, sin mí, claro y ya no volví más.
Pasó el tiempo, varios años, hice la mili, volví de ella más espabilado (no por el arte militar, sino por haber aprendido a valerme por mí mismo) y un día que iba por el Centro de Jerez nos encontramos a aquél maestro. Yo tendría ya veinte años así. Mi madre lo saludó y yo me quedé callado. Mi madre me miró y me dijo: ¿No saludas a Don ....? Y le dije, yo en plan borde (que quien me conoce sabe cómo soy cuando me pongo en ese plan), pues no. Entonces el maestro dijo: ‘Será que no se acuerda ya de mí’. Y le dije: Pues claro que me acuerdo. Me acuerdo de cada momento perfectamente’. Entonces, el maestro se calló. Y nos fuimos.
Mi madre muy seria luego me preguntó: ¿Por qué le has dicho eso? Y yo le dije: Por nada, mamá. Mi madre me dijo: cuéntame que es lo que te pasó, que a ti te pasó algo. Y entonces, lloré todo lo que no había llorado antes. Y se lo conté.
Mi madre también se hartó de llorar, diciéndome que por qué no se lo había dicho entonces y también autocastigándose por no haberse dado cuenta de lo que me estaba pasando, a pesar de que mi hermana la avisaba.
Le dije que yo entonces no me sentía con fuerzas para contarlo.
Yo no la culpo, era otra época. Y ahora, con todo lo que he aprendido, yo sé que en el fondo yo me sentía culpable, y esa fue la razón por lo que no lo conté. En aquél tiempo no se podía denunciar. Y hoy, han pasado ya casi treinta años, ni hay pruebas ni siquiera sé si ese hombre sigue vivo o no.
Hoy, cuando escucho todo estos casos de pederastia, me imagino lo que pueden estar sufriendo las víctimas. A fin de cuentas, a mí no me pasó nada. Pero ¿y a quien le pasara? ¿qué habría sentido? ¿cuánto habría sufrido? No me lo quiero ni imaginar. Si yo cada vez que escucho un caso de esto, me acuerdo de toda esta historia ¿qué no recordarán quienes sufrieron en su carnes alguna desgracia de éstas?
A los que me leáis, que seáis padres, tened por favor confianza con vuestros hijos. Que si les pasa algo como me pasó a mí, o como ha pasado a otra gente, que vuestros hijos tengan la tranquilidad de poder contarlo a vosotros. Que no les pase como a mí.
Que no os vean como una barrera, si no como unos amigos al que le cuentan sus problemas sin temor a un castigo.
Entiendo que educar no es fácil, pero esto es primordial.
Ayer, leía que el actual Papa había encubierto los abusos sexuales a 200 niños sordos. A eso no hay derecho. Eso es una aberración. Como católico me avergüenzo del Papa que tenemos por haber encubierto semejante acto. No me cabe en la cabeza que se pueda consentir algo así. El Papa no sólo debería dimitir, debería, al igual que los curas pederastas, que tan culpables son los que hacen actos pedófilos como los que sabiéndolo, lo callan, debería, digo, dejar los hábitos. No se merece representar a Cristo. Es un disparate. Y los curas de hoy, tienen un gran problema. Porque cada cura silencioso que no condene en voz alta la pedofilia, se convierte en sospechoso de encubrimiento, aunque no hablen solo por cobardía ante lo que puedan hacer sus superiores jerárquicos sin son críticos con la Iglesia.
Hablen con sus hijos, con sus hijas, protéjanles, la confianza entre padres, madres, hijos, hijas es la mejor arma para combatir a estas bestias.