01 noviembre, 2009

Nuclear no, gracias.

El hecho de que mis padres fueran científicos no me molestaba. No era eso, no. Era su oficina. Cercana a la Bahía de Cádiz, se encontraba a una altura de 24 pisos al revés. Es decir, en un subterráneo. El ascensor era estrecho. Sólo cabía un cuerpo humano de características normales. No funcionaba como un ascensor al uso con poleas y contrapesos. No. ¿Habéis visto esos pequeños tubos que en los supermercados utilizan para mandar los dineros de las cajas a la Caja Central, que funcionan con corrientes de aire? Funcionaba de la misma manera.
Te colocabas en el interior de una especie de impermeable, que cerrabas con una cremallera y la silueta que formabas era algo parecido a un capullo de gusano de seda enorme de color negro.
Abrías la puerta de corredera y te introducías en un túnel oscuro y te dejabas caer. No sentías el vértigo de la caída. El viento que venía del fondo del túnel, 24 pisos más abajo, te sujetaba con su fuerza contraria a la gravedad. En cinco minutos que parecían eternos, habías llegado al final, donde mi madre, con su bata blanca, hacía sus trabajos.
Mi padre, cinéfilo empedernido había decorado la habitación como el dormitorio de las últimas escenas de 2001, una odisea espacial.
No me gustaba ir a la oficina. Siempre fui claustrofóbico y aquél trance siempre me hacía sudar. La luz blanca artificial no me gustaba. Perder la vista del sol, y estar encerrado en un lugar donde las ventanas eran pantallas de plasma simulando el campo, no acababan de convencerme.
La subida era peor. Porque arriba, siempre tenía la posibilidad de dudar y no bajar. Pero abajo, siempre tenía la obligación de subir, si quería quedar atrapado en aquella tumba.
A la vuelta de mi último viaje, sabía que algo iba a pasar mal. De hecho, siempre que me montaba, sabía que algo tendría que pasar mal.
Mientras pensaba en lo duro que tendría que ser que las rocas de la tierra que estaban encima de la oficina de mis padres cayeran sobre la cueva excavada aplastándolo todo, mi trayectoria en el túnel de viento notó una anomalía.
Me ladeé en el viaje hacia arriba y rocé una pared rugosa. Sentir soplar el viento con mucha fuerza, al romperse el impermeable. Sentí miedo a la vez que di varias vueltas de campana quedándome atravesado en el túnel.
Grité. Con toda la tecnología que existía allí, nadie había previsto un interfono para llamar a averías, porque aquello estaba diseñado para no fallar nunca.
Pero falló.
Nadie había pensado que el terremoto de Lisboa de 1755 pudiera producirse de nuevo.
Arriba 10 pisos más desde mi atasco, el tsunami había llegado a la Bahía de Cádiz y una gran ola se estrellaba contra la Sierra de San Cristóbal, arrasando todo lo que encontraba a su paso. Los raíles de las nuevas vías del tren habían quedado como alambres torcidos, y más abajo, a 10 pisos de distancia, yo me dispuse a morir.
Empezó a entrar agua, que se mezclaba con el viento que provenía de las entrañas de la tierra. Me encontraba inmerso en una gaseosa, que como una botella de Lambrusco estalló lanzándome a los aires.
Volé por los aires a la vez que veía la Bahía destruida y los poco coches que habían podido huir llegando a Jerez.
Entonces tronó la tierra. Y como si de un gran eructo se tratara, del túnel de viento salió una burbuja flotando en donde iban atrapados mis padres gritando contra el cristal de la pared esférica.
Les vi volar hacia lo más alto y caer en picado sobre las tenebrosas aguas del Río de San Pedro, cubiertas de sangre y hojalata.
Entonces me di cuenta que no es conveniente dejar que nuestros padres se hagan una caverna a 24 pisos de profundidad y jueguen a dividir átomos.
Después yo caí. Y sigo cayendo aún. Sin impermeable, sin cuerpo, si nada. Sólo con la minúscula fuerza para tener la puntería de caer sobre la boca de alguien y meterme en lo más recóndito de su cuerpo para robarle el alma. Hacerme hueco y vivir de nuevo, si es que en el mundo que mis padres dejaron, merece la pena vivir.



4 comentarios:

belijerez dijo...

Eres la pera tiooooooo.........jajajaj!!!!!!

Gracia dijo...

El relato es espeluznante. He tenido la oportunidad de bajar a una mina de carbón y es parecido a lo que relatas. Bajas por un ascensor (con interfono eso sí) casi a oscuras hasta las entrañas de la Tierra, el aire es pesado todo es negro, muy negro...

Estrella Altair dijo...

Es tremendo.. me ha gustado... es una forma de mostrar lo oscuro.. y lo que puede ser crear algo que supera en si mismo la capacidad cognitiva y emocional del ser humano.

Sus padres fueron genios, pero se adelantaron al mundo, que todavía vive en la pre-historia emocional, que lo mas primitivo rige nuestros cerebros.

Un mundo que el hombre de hoy realmente no tiene conciencia de si lo quiere de verdad, o busca inconscientemente su destrucción.

Un beso y muy buena entrada , el vido brutal.

Maripaz Brugos dijo...

Jo, Alfonso, me ha encantado...

Que bien describes esa situación angustiosa.Además logras mantener la intriga hasta el final.

Yó que tambien soy claustrofóbica, he estado a punto de gritar!!

Felicidades, lo has hecho muy bien...plas, plas, plas