13 julio, 2009

La tienda de pájaros.


No sé cómo, me volví a encontrar de nuevo caminando por la cañada que llevaba a Estella con mi amigo de la infancia. Los eucaliptos se frotaban entre ellos con el viento, con la misma tranquilidad de entonces, y el aire volvía a respirar a menta. No existía nada de asfalto ni señuelo alguno de que lo que con el tiempo se iba a convertir en uno de los accesos al Circuíto de Velocidad de Jerez.
Andábamos despacio, como lo hicimos siempre, por el lado de la acequia, metiendo las manos en el canal, donde el agua, fresca, iba a toda velocidad a regar las huertas cercanas.
Al fondo, Estella. La que fue del Marqués. Estella de Jerez. Estella.
El pueblo había cambiado. No era como fue antaño ni era como les ahora. El arroyo Salado que recurre por el lado de la autopista no era tal. Se había convertido en un río de aguas cristalinas que gorgoteantes habían convertido al pueblo en un vergel.
Llegamos andando. Y empezamos a pasear por el bullicioso pueblo. La tranquilidad de entonces había desaparecido y un ir y venir de turistas lo inundaba todo.
Era agradabe. El día era soleado, con temperaturas moderadas.
Nos preguntamos ¿qué habrá ocurrido en el pueblo para que haya tanta gente?. En realidad al mirarnos, también nos preguntamos en nuestro interior ¿qué hacemos tú y yo aquí y ahora?
El pueblo se había convertido esencialmente turístico y su fuente de riqueza estaba en las tiendas.
Por todas las calles subían y bajaban personas cargadas de bolsas con recuerdos: souvenirs de todo tipo: muñequitos, botellas de vino, postales, cuadros... todas las tiendas estaban repletas de público.
Pero sin duda, la que se llevaba la palma, era la tienda de pájaros. Desde el final de la calle se oían el trinar de los canarios, de los jilgueros y de más especies que desconozco. Qué curioso. Había cola para entrar. Hicimos tiempo y pudimos rebasar la entrada. Todo estaba lleno de jaulas y la atmósfera interior dejaba caer ese olor inconfundible de alpiste y heces de pájaros. Pájaros de todas las especies. Grandes, pequeños. Canarios, loros.
Nos llamó la atención el remolino de gente. En un rincón de la tienda estaban los animales más preciados. Intentamos mirar por encima de las cabezas de los visitantes. Y nos quedamos sorprendidos. Como todos. Allí en jaulas grandes como las que se utilizan para los loros, estaban los agaponis. Unos agaponis muy especiales, porque tenían rostro humano. Eran verdaderas caras de personas. Cuerpo de pájaro. Cara de persona. Apenas pudimos gesticular palabra. Todos los presentes nos quedábamos como hipnotizados. No entendíamos como la gente veía aquello como algo exótico sin atemorizarse, pero nosotros nos asustamos y dedicimos irnos.
Nos volvimos y con horror descubrimos que la tienda en la que habíamos entrado no estaba detrás de nosotros.
Era una sala grande. Una gran pajarera con una maquinaria llena de polvo y telarañas giraba lentamente. Por un lado entraban las personas. Por otro salían los agaponis. Y por el lateral, caían los restos de cuerpos sobrantes e inservibles a un multitorturador.
No nos dió tiempo a huir.
Estamos cansados. Este texto lo hemos estado escribiendo los dos. Uno a cada lado del teclado. Nuestras patas de agaponis nos impiden escribir con facilidad.
Pero nuestro rostro aún lo conservamos. Y nuestro corazón, es lo único que nos queda. Si quieres ayudarnos, ven y cómpranos a la tienda de pájaros. Te seremos de agradable compañía.

3 comentarios:

belijerez dijo...

No se por qué a veces pienso que nuestros antepasados no eran los hominidos, sino pájaros. Ellos en su vuelo nos miran, ver como me mira un pájaro me da cierto miedo. y ahora tu vienes con esto...El sábado en la playa del Castillo en San Fernando, alguien había dejado trozos de pan en la playa, a nuestro lado, y unas gaviotas grandes llegaban a llevarselos, se mostraban dueñas del terreno y nos miraban, con sus ojos escrutadores.

Nerina Thomas dijo...

Es un cuento de tu imaginación amigo? o de ambos?
O nos cuentan de verdad ésto?
besos

§♫*€lisa*♫§ dijo...

que relato más surreal y más reflexivo

ser parte y a la vez estar excluído de la libertad de acción, son toda una paradoja.

Hombres pájaros de seguro son una especie en vías de extinción.
y su condición frágil lo convierte en mito
así como el lobo marsupial de australia y los dodos
así como un montón de especies que hoy ya están a punto de ser sólo recordatorios en museos y en las láminas de los libros.

besitos de luz