04 junio, 2009

El día que a papá se le puso la cara blanca.


Algún día me gustaría hacer una colección de cosas extrañas que te han pasado. Algunas me han ocurrido. No muchas, a no ser que mi vida sea una extrañeza en sí misma.
Pero recuerdo el día al que a papá se le puso la cara blanca.
Era verano, y como todos los domingos, nos fuimos a la bonita playa de Punta Candor, en Rota (Spain) (perdón, me sale el inglés por la base, qué cruz). Llegamos en nuestro seat ochocientos cincuenta rojo mate, sin aire acondicionado, los cuatro. Mi hermana conduciendo. Mi padre de copiloto. Mi madre de controladora de bolsos. Y yo mirando por la ventana contando los palos de las alambradas de la carretera. Dichosa manía la mía de contar todo lo que veo con formas geométricas.
Llegamos a la playa. Descárgamos las cosas, pusimos la sombrilla, las hamacas, las sillitas, y hala, a pasar un agradable día de playa.
Todo feliz. Al aguita. Que si entras. Que si sales. Que si no me salpiques. Y a comer. Qué rico. Tortilla. Pimientos fritos. Filetes de pollo empanados. Aceitunas sin hueso fresquitas. La casera. Todo era armonía hasta que papá dijo:
- Se me ha perdido la navaja.
Vaya. Era indispensable para cortar la sandía. Además, mi padre y navaja siempre iban unidos. Y no es que fuera un delincuente. Es que le era muy útil en todas las labores que el hacía en el campo, donde trabajaba.
Paramos de comer. Y a buscar la navaja.
Ten cuidado a ver si la hundes. Muy lejos no tiene que estar. No levante sla arena así ,niño, que pareces un perro escarbando.
Media hora.
Joé con la navaja.
Una hora.
¡Los muerto la navaja!
Nada.
Perdida.
Y nos tuvimos que ir. Sin navaja.
Y mi padre, triste, porque le tenía cariño. Ese cariño que le tomamos a los objetos.
Le compramos una, pero claro no era igual. No cortaba igual. Echaba de menos su navaja.
Pero no nos quitó las ganas de ir a la playa.
Al domingo siguiente, fuimos de nuevo a Punta Candor. A las diez de la mañana ya estábamos allí. Con la fresquita.
Fuimos al mismo sitio de siempre.
La misa liturgia dominical. Los bolsos. Las hamacas...
Mi padre cogió la sombrilla y la clavó con fuerza en la arena.
¡Clinc!

Sonó algo metálico.

Papá, has cogío un pelote.
Mi padre se agachó y entonces ese domingo se convirtió en el día en que a papá se le puso la cara blanca.
La punta de la sombrilla efectivamente había chocado con algo enterrado.
Con la navaja.
Su navaja.
Papá decía: ¡No puede ser, no puede ser! ¡Esto es brujería!
Nervioso perdido nos miraba a todos con una navaja mohosa en la mano. Una navaja que había sufrido el paso del mar por arriba de la arena, ya que ahí las mareas son fuertes.
Una semana había dado tumbos por la costa.
Y hoy, había coincidido en tiempo y lugar con su dueño. Su compañero. ¡Con lo grande que es la playa!
La navaja. Mi padre la cogió y la volvió a guardar para que no se escapara y cogió su sustituta.
Esto me demostró, que sí, que pasan cosas extrañas.
Y también, que quizás los objetos, nos cojan cariño y vuelvan a nosotros.
Si sois de Jerez y conocéis a mi padre, un señor mayor de cabeza blanca, preguntádle por la navaja. Os sonreirá y os dirá: ¡la navaja! y de nuevo pondrá la cara como aquél día, el mismo día en que a papá se le puso la cara blanca.

8 comentarios:

Ana dijo...

Que buena historia...Me imagino la cara de tu padre....
Muchos besos.

Alfonso...Hoy mi post es para ti. Gracias por leer algo de lo que yo escribo en tu programa de radio. Si alguna otra vez quieres hacerlo me sentiré muy honrada.

FRANESCO dijo...

Curioso... "E se non è vero, è ben trovato".

P Vázquez "ORIENTADOR" dijo...

Jo... que suerte. Menos mal que todavía no había buscadores de metales a la puesta de sol...

Angie dijo...

no veas!!! cosas asi te hacen pensar que la casualidad sí existe!

María dijo...

¡Cuántas veces se nos suele poner blanca la cara a lo largo de la vida! hay tantas cosas por las que se puede poner de ese color ¿verdad?

Un beso.

belijerez dijo...

Cualquier cuestión narrada con sabiduría se convierte en una historia preciosa. Cada dia eres más sabio.
Por cierto yo también tengo la "manía" de contar cosas por la calle. Verdaderamente es una manía que me molesta y no quiero,me sirve de "termometro" para verme a mi misma.

Satie dijo...

omo diría un amigo mío casualidad significativa. Qué curioso.

Nerina Thomas dijo...

esos momentos de la vida, que no se olvidan. Hasta que partas de la tierra, recordarás el rostro de tu padre en aquel momento. Y sonreirás con ternura, al pensarlo.
Hasta yo lo imagino, pues dale mi respeto y mi cariño cuando lo veas.
Dile que ya me sentaré a su lado, a que me cuente sus historias que han de ser muy entretenidas y muy por sobre todo "llenas de sabiduría".
Los quiero mucho, a cada uno de uds.