03 mayo, 2009

Corta punto.

Justo cuando el Presidente Obama desayunaba, viendo los últimos recortes de prensa sobre la crisis de la Gripe Porcina, Lucía con su marido, Vessi, aterrizaban en el aeropuerto de Capodichino.

Hacía no mucho que habían programado su viaje. Su crisis, no tan mundial como la de la gripe, y mucho menos, como la económica, había minado esta vez su matrimonio tanto, que estaba a punto de estallar por los aires.

Ella pensó: Tengo dos opciones. O tener un nuevo hijo que nos una o hacer un viaje. Pensó que lo más sensato sería lo segundo.

Recordaba a su amiga Pamela, que hizo lo primero. Y se encontró con dos niños, más un bebé, y sin marido.

Vessi, estaba de acuerdo. Algo había que hacer. Su mente no se centraba, y aunque ambos se querían, había un no sé qué que no funcionaba.

Cuando Lucía le planteó la idea del viaje, pensó, que quizás, tuviera razón. Que pudiera ser la salvación de su relación.

Ambos se querían. Era verdad. Pero quedaba la duda de si era verdadero amor o ya, sólo costumbre.

Pensar en cómo sería la vida, sin estar al lado del otro. Comenzar de nuevo, soportar la ausencia, les aterraba a los dos. Pero también sabían, que no existía lo que existió una vez.

Discutían sí, pero cada vez menos.

Ahora, lo que jodía más eran los silencios. El llegar a casa y silencio. Cada cual a sus ocupaciones.

No, no había nadie entre ellos. Por lo menos, real.

Pero en sus mentes, sí.

Lucía soñaba con un hombre sin nombre, sin rostro. Que le hiciera renacer dentro esos cosquilleos que su cerebro le pedía a gritos.

Vessi, si soñaba con nombre. Era una amiga del instituto. A la que vió la última vez hacía cuatro años. Pero soñaba con hacerle el amor. De hecho, cuando hacía el amor con Lucía – hacía tanto tiempo ya – el rostro, era el de aquella compañera.

Pero allí estaban, uno junto al otro, mirando la preciosa bahía de Nápoles.
No podemos destruir lo nuestro, Vessi.

No, no podemos ni debemos. En la salud y la enfermedad. En la riqueza y en la pobreza. ¿Recuerdas?
Sí, claro, cómo no voy a recordarlo, dijo Lucía, mientras le enseñó su alianza.

Ojalá podamos, dijo él.

La abrazó, y sintió que sí, que podrían ser capaces.

La besó, mientras olía su aroma, el único aroma que sólo ella podría desprender.

La volvió a besar, y mientras la besaba y olía, vio por el rabillo del ojo, humo en la montaña.

No le dió tiempo a ver qué pasaba completamente.

El Vesubio estalló, y murieron todos.




9 comentarios:

Nerina Thomas dijo...

Drama total.
Destino?
Segurán unidos para siempre: la realidad.
Dime, es verídico o escribes cuentos, relatos?
Si así fuera, "muy bueno".
saludos

Alfonso dijo...

Cuento, cuento, puro cuento. Más quisiera yo que ir a conocer el Vesubio, aunque explote jeje

salvadorpliego dijo...

Preciosas estas imágenes. Un gusto venir a tu blog.

Hisae dijo...

Vaya historia tan triste a la par que real. Cambiemos el final y será de sobra conocida...

Feliz lunes.

Agata dijo...

ALFONSO DE MIS AMORESSSS.Eres un corta punto de aupaaaaaa...jo.

Satie dijo...

Pues cuidadito con el Teide, también.

Gracia dijo...

Qué triste esta historia... Quiero creer que no todas son así, que muchas veces el amor y las ilusiones duran siempre.

Laura dijo...

Para ser un "cuento" es bastante real...
Me encanta.

Angie dijo...

Ajú, para una vez que acaba bien la historia de amor, se van a tomar viento todos.... Nada, que estaba para ellos que el viaje no solucionara nada...

Al menos, es mejor opcion (la de un viaje, sin un fin tan trágico, claro..) que tener un hijo. Esa es la mayor insensatez que un matrimonio puede cometer. y la pena es que quien lo paga y sufre es el crio que viene..


Besos. Angie.