25 octubre, 2008

Un mariquita entre las estrellas.






La vida de pastor no tiene por qué ser aburrida. Eso lo pensamos que los que vivimos en la ciudad y presos de la época en la que nos ha tocado vivir. Pero en otros tiempos y en otro lugar, había un pastor que era feliz. El más bello de los hombres que tú te pudieras imaginar. Su trabajo era cuidar las ovejas. Cada día las llevaba al campo a comieran las hierbitas, y de noche, se echaba a dormir junto a ellas, bajo las estrellas.
Y desde allí, le vieron. Realmente guapo, no podía pasar desapercibido por alguien que podía ver todo el mundo desde sus alturas.
El águila, bajo del cielo y se posó junto a él. Lo cogió con sus garras y lo raptó.
A casi tres mil metros de altura, se posó. Dejó su figura de águila, y le hizo el amor. El pastor era ahora un pastor amante. Conocido el amor, era feliz, aunque echaba en falta sus ovejas.
El trabajo aquí, en el monte, era sencillo. Sólo tenía que estar atento a que las copas estuvieran siempre repletas de vino. Y ser un buen amante, cosa, que por otro lado, no le costaba.
Tuvo suerte de haber nacido allí y en aquél tiempo. Y tuvo suerte también de que su Dios fuera quien era. Los sacerdotes de otros dioses tal vez lo hubieran colgado de una horca, o le hubieran quemado en la hoguera. O benévolos, le hubieran dicho: te queremos, no estamos contra ti, pero no queremos - y te prohibimos - que ames.
Pero no, su Dios, no era así. Porque era el mismo Dios quien le hizo el amor.
Tanto le quiso que, a pesar de pasar el tiempo y los lugares, él sigue presente.
Su Dios enamorado se volvió a transformar en águila y le tomó su precioso cuerpo. Y subió alto, muy alto, hasta donde nosotros no podemos respirar. Y allí, lo dejó para siempre, entre las estrellas.
Unos le llaman Acuario, y lo representan como un joven con un cántaro de agua. Pero yo sé, que él ahora, tiene forma redonda. Lleva su mismo nombre. Ganímedes. Y es un satélite de Júpiter (Zeus), un satélite enamorado que no para de girar por los siglos de los siglos alrededor del Dios que le enseñó el amor. Lejos de la intolerancia y las injusticias de los hombres.
Allí, donde todas las noches le podemos ver, inalcanzable para los homófobos, hay un mariquita entre las estrellas.

Dedicado a todas las personas homosexuales víctimas del franquismo que murieron, entre insultos y mucha pena, sin poder conocer el amor y la libertad.


4 comentarios:

Ruth dijo...

Querido amigo, sencillamente decir: DIOS ES AMOR, no hay mas, aquellos que no entiendan que no quieran entender, que no respeten allá cada cual, lo triste es el daño, la exclusión, la discriminación que a diario siguen practicando en contra de aquellos y aquellas que se creen que no tenemos derchos, todos somos hijos del mismo, todos somos merecedores de esa aceptación, ya que nada ni nadie tiene derecho a juzgarnos, sino sólamente Dios.
Un abrazote y mucho ánimo.

Mario dijo...

Querido Alfonso.
Precioso post y preciosa historia. Me encantó leerla y releerla.
Un abrazo.

Mario dijo...

La historia de Ganímedes me recordó aquel libro de José Luis Martín Vigil que leí hace tantísimo tiempo "Ganímedes en Manhattan" y aún hoy recuerdo.

Thiago dijo...

Bueno,aunque pertenezco a otra generación de gays, te doy la gracias por esta dedicatoria de este post tan bello y noble, en recuerdo de todos aquellos que padecieron por su condición sexual.

Desgraciadamente, en el camino hacia la igualdad y el reconocimiento, vamos dando dos pasos adelante y uno hacia atrás. y aunque se hayan ganado derecho, queda mucho por hacer y mucho que vigilar. Siendo precisamente, la iglesia, la que predica la igualdad y el amor, uno de nuestros peores enemigos.

La intolerancia, la costumbre, la ignorancia, siglos de burlas y de chanzas, hacen todavía mucho daño.. Y yo gay de casi 20 años en Madrid, pienso mucho en lo dificil que es ser homosexual todavía hoy en un pueblo pequeño de nuestro país y de la poca ayuda que tienen esos críos que descubren su distinta sexualidad. Esos son son los heroes de hoy en día.

Bezos