17 octubre, 2008

Domund, Domingo Mundial de las Misiones


Yo conozco bien a la Iglesia, desde pequeño y desde todos sus ámbitos. El domingo que viene, desde pequeño, siempre fue un día especial. Es el día del Domund, el domingo mundial de las misiones.
Hay, en la Iglesia, personas que deciden abandonar sus comodidades, sus placeres, sus seguridades, y creyentes en un mensaje claro, el Evangelio de Jesús, lo abandonan todo para irse de Misiones. A tierras lejanas, donde la palabra de Dios no llega porque no hay ni imprentas. Donde las teologías, las manifestaciones en post de la familia nuclear, las células madre, las jornadas mundiales de la juventud, no existen... sólo existe la necesidad perentoria de comer y de luchar contra la pobreza.
Estas personas, los misioneros y las misioneras, se dedican a dar su vida por los demás: trabajando para ellos, educándolos, ya no en la fe, si no enseñando a las gentes a leer, a escribir, a expresarse, a comprender la injusticia de un mundo que los ha dejado apartado.
Son gentes, misioneros y misioneras, que han dejado la oportunidad, por ejemplo, de ser directores de un colegio privado en España - una empresa privada -, cobrando sueldos subvencionados por el Estado, vistiendo con buenas ropas y buenos zapatos, con buenos vehículos, para ser maestros descalzos en escuelas de caña, con suelos encharcados, muertos de frío, o de calor, llenos de picaduras de mosquito.
Son personas, misioneros o misioneras, que han dejado la oportunidad, de ser portavoces de conferencias episcopales, bien guapitos, bien afeitaditos, como si fueran de porcelana, para ser sacerdotes o monjas, de templos de madera de palma, a expensas de cualquier huracán, para bautizar creyentes con el agua que cae de sus manos, y no el que cae de una concha de oro.
Son personas, misioneros o misioneras, que no piensan en si Manolo está enamorado de Carlos, que si Javier está muriendo y tiene una máquina conectada que le permite respirar, o en si Conchita, está embarazada después de haber tenido relaciones sexuales con un amigo que la abandonó, sin casarse. Son personas que piensan en lo que tienen delante, en el Cristo sangrante enfrente de sus ojos, de las personas que aman y mueren de hambre, o de tiros en la nuca por pedir el pan que es justicia. Piensan en ayudar en una educación sexual responsable, que no condene el sexo y defienda la vida.
Son personas, misioneros o misioneras, que son alegres a pesar de la desgracia. Están felices en el espíritu porque creen en la Esperanza. Decidieron escoger estas vidas, antes que irse de capellán castrense, con pistola al cinto y cenas copiosas en los cuarteles. Decidieron escoger esta vida, en vestir en pantalón corto, en echarse mejunjes contra los mosquitos, en vez de estar serios y vestidos de negro, detrás de un confesionario, y por las noches, solos y perdidos en los suburbios de un chat informático de mala muerte.
Son gentes, misioneros y misioneras, que optaron por darse a los demás, en vez de darle a los demás con sermones, amenazas, tristezas y discursos.
Son testigos de Dios en la tierra. Que viven en la miseria porque así lo han querido, porque es allí donde encuentran a Dios, y no encerrado en la urna de una catedral.
Son ellos, los misioneros y misioneras, los que se merecen nuestro homenaje este domingo.
Y no pensemos, en las actitudes de nuestros jerarcas de la Iglesia, tan alejados de la miseria, la pobreza, la necesidad y el sufrimiento.
No pensemos en los comportamientos homófobos, a favor de la guerra, a favor del capitalismo liberal imperante, que muchos católicos pregonan.
No pensemos en los que están en contra de los divorcios, y a favor de las anulaciones matrimoniales eclesiásticas que todos sabemos lo que son.
No pensemos en los sacerdotes que viven opulosamente, en los políticos que presumen de pertenecer a organizaciones católicas y luego vemos que son como sepulcros blanqueados.
No pensemos en las maldades y los pecados de nuestra Iglesia.
Y los que somos de Jerez, no pensemos en cuánto se va a gastar una hermandad jerezana en la Coronación de su Virgen, mientras en el Comedor del Salvador, las hermanas de la Caridad, multiplican a diario el pan y los peces.
Pensemos en ellos, en los que están en el tajo. En los que hacen de esta Iglesia, una Iglesia digna de lo que debe ser.
Por ellos, a pesar de todo, hoy aún, el ser católico, merece la pena.

5 comentarios:

Laura dijo...

No me considero católica aún a pesar de estar bautizada en esa fe.
Me gusta más Cristo. Llámemosle Jesús.

Miguelo dijo...

cuando era peke he iba al colegio cristo rey, nos pasaban un sobre para domunt donde cada uno metiamos algo de dinero. siempre me pregunte si de verdad les llegaria algo. aun me lo pregunto...

saludos

David Santos Holguín dijo...

Cuando recibía mis clases de primaria en un colegio católico de Cáceres siempre tenía que aportar un pequeño donativo en un sobre, lo curioso es que jamás tuvimos que ir pidiendo dinero con una hucha por las calles como hacen la mayoría de colegios católicos con sus alumnos.

Un día dejé de donar porque desconozco si llega a buen puerto ¿alguna razón para colaborar de nuevo?


Besitos

Ana Belio dijo...

Tantas veces me he preguntado yo si merece la pena ser católica Alfonso.

Hace tiempo que tengo mis dudas, pero es cierto que leer loque cuentas, te hace tener espeanza.

Bs.

Alfonso dijo...

Os entiendo, a mí también me costaría darle dinero en mano a Rouco o Cañizares.
La Iglesia hace muy buena labor en determinados sitios. Y si le dáis el dinero directamente a ellos, ahí se queda.
Como es el caso del Comedor del Salvador en Jerez, por ejemplo. Seguro que en vuestras ciudades y pueblos hay sitios parecidos.