13 agosto, 2008

¡Buenos días!


El abuelo dejó el pueblo de Bornos con tristeza. No estaba su mujer ya. Hacía tiempo que subió al cielo – le dijeron – y que a él se le iba borrando su rostro de la memoria.
Cogio sus pocos bártulos y se fue a dónde le llevaron.
A la ciudad.
Estarás mejor, papá.
Y en cierto modo, sí. Estaba acompañado por las noches. Su hija, le atendía con mimo, con cariño. No le faltaba de nada.
El primer día de la ciudad se despertó también – qué sorpresa – con el trinar de los pájaros, pero todo ello acompañado de pitos, claxones, frenazos, gritos de niños que iban al colegio, gritos de madres de niños que iban al colegio...
Papá, ve por el pan.
Le gustaba que su hija le mandara cosas. Quería tener obligaciones, ocupaciones. Su hija lo sabía, y por eso, se lo decía.
Hombre jubilao, chiquillo de los mandaos.
Bajó las escaleras de ese tercer piso, que le torturaban las rodillas, y fue a la panadería.
¡Buenos días!
Buenos días, le dijo la panadera sonriéndole, mirándole a los ojos.
Ella sabía que el padre de Benita iba a ir, la había avisado.
Buenos días. Como un susurro, y sin mirar a la cara, mascullaron los allí presentes: dos señores y tres señoras.
Con su pan calentito, volvió a recorrer el camino a casa.
A la sombra de un chopo, junto a la avenida, vio un banco con tres abuelos sentados. Pasó por allí, como sin interés, pero con la misma intención del perrito que ve a otro y se lanza a él para olerle el culito.
¡Buenos días!
¡Buenos días! Contestaron al unísono los tres abuelos, mirándolo fijamente.
Siguió su camino, y los tres sentados, dijeron: éste es el nuevo.
El abuelo nuevo, volvió a ir por el pan, y con el tiempo, se hizo amigo de los tres sentados.
Eran ya cuatro.
Hablaban de sus cosas: de Zapatero, de Rajoy, de la obra de enfrente y de las pensiones.
Pasaba gente por delante del banco, y nuestro abuelo nuevo, desviaba la atención de la conversación y se dirigía a quien pasaba.
¡Buenos días!
Pero le miraban y no contestaban.
¡Buenos días! dijo más fuerte a la siguiente persona que pasó.
Mutis. Silencio. Ni le miró.
A una señora que pasó dos veces, de ida y vuelta:
¡Qué le he dicho Buenos días! casi en grito, dándo un golpe furioso con el bastón en el suelo.
La señora se asustó. Balbuceó.... buennooosss díasss y aligeró el paso.

Pero ¡abuelo! le dijeron los tres sentados. ¡No puedes saludar a todo el mundo! ¡Esto no es el pueblo!

¿Y esto es la ciudad?

Pues sí, abuelo, entre otras muchas cosas. Esto es la ciudad. Tenemos cines. Médicos. Teatros. Conciertos. Gasolineras. Internet. Piscinas. Avenidas. Iglesias. Tenemos de todo.

Pero ya hace mucho tiempo, abuelo, que dejamos de tener buenos días.


10 comentarios:

Anónimo dijo...

Que triste pero a la vez qué alegria por saber que muchos de los abuelos/as que vivian en pueblos se van integrando en la sociedad actual. Recuerdo a mi abuelo/a de cuando antaño contándome sus historias de pueblos. La verdad que vivir en un pueblo tiene su encanto.
Yo soy de pueblo y debo reconocer que estoy sujeto al mismo, no soportaría vivir en una gran ciudad por muchas ventajas que aporte.
saludo.

Laura dijo...

Buenos días, buenos días, buenos días....¡qué hermoso relato! si, buenos días...se olvidó, se perdió...No, tranquilo, no del todo.
Donde yo vivo, los madrugadores, los paseadores de perros...tenemos una especie de "club de amigos", nos saludamos por la calle. No sabemos nuestros nombres, solo que nuestros ojos se cruzan cada día a la misma hora, como en un rito ancestral y, entonces, para atraer el hechizo lanzamos el conjuro cada amanecer: ¡buenos días! ¡buenos días!

Francisco dijo...

Una verdad como un templo, por eso entre otras cosas me gustan los pueblos pequeños.

Satie dijo...

Y tampoco gracias, hemos convertido la ciudad en un lugar donde la falta de cortesía reina.

Ruth dijo...

En la ciudad han dejado de tener buenos días, buenos modales, buena educación y una pérdida de vida y relación social. Me crié en una capital y con el paso de los años me fuí huyendo de esa gran relación humana que allí hace falta. Vivo en un pueblo y decir, que ni tanto ni tan calvo, cuesta encontrar un equilibrio, de tanto conquestar a la pregunta ¿A dónde vas? como de sentir ese gran vacío de sentirte sola en medio de millones de personas.
Un saludo y espero que en las ciudades empiecen a camviar ese criterio de vida independiente que es bueno, pero que se necesitan relaciones humanas en nuestro caminar diario.

Mario dijo...

Qué lástima que hasta los buenos días se pierdan...
Y es que los abuelos, cuando les sacan de su casa, ya saben que es la última de sus etapas.

Yeli dijo...

Fabuloso!
Yo soy de las que digo que mientras mas conozco la gente más amo a mis animales. Por eso vivo en el campo aunque viaje a trabajar 1 hora en las mañanas y otra de regreso en las tardes, no me importa. Te invito a que conozcas mis 8 perros y 5 caballos en www.desdemihabitat.blogspot.com
Un abrazo
Yeli

Olga S.Isidro dijo...

¡Cuan cierto es lo que relata!, yo que nací y crecí en un pequeño pueblo, también noto la diferencia de trato, la relación es mucho mas impersonal en las ciudades, aun hecho de menos esa forma de relacionarse con los demás.
Mis saludos y mi agradecimiento por su visita a mi casa.

yoyoyo dijo...

Bonito relato y representativo de la sociedad en la que vivimos. A mi me encanta dar los buenos días aunque no me contesten. Buenos días a todos!!!

Alfonso dijo...

Veo que vais en la línea de lo que pienso, se han perdido los buenos días, las gracias, y también, los 'por favor'... en fin, en nuestras manos está...