01 julio, 2008

La forma.


Nota: cerdito cambiado a petición popular :-P

Angelo di Retornare llegó a la Diócesis de Pangolauria con una misión delicada.
Después de dar una recepción a los medios de comunicación, se quedó solamente con los sacerdotes a su cargo, para explicarle el verdadero objetivo de su presencia allí: el continuo agnosticismo que se presentaba desde hacía algún tiempo en la feligresía y el aumento de la superchería, echadores de cartas y demás timadores de la voluntad ajena.

Sergio recibió la invitación para cenar con don Angelo dos días antes. A la hora prevista, estaba en el Palacio de Alerotti donde Sor Ameba Dupont, monja francesa, y desde hace años, eficaz ayudante de Don Angelo, le recibió con su típico comportamiento amable pero distante.

Pasó al comedor, donde una mesa, pulcramente preparada, le esperaba. La estancia era agradable, aunque con el temor inquieto con que nos sorprende lo vetusto.

- ¡Don Sergio de Vanessa!
Se dirigió a él, don Angelo, con un afectuoso abrazo.
- Siéntate, hermano. La calidez de la llegada relajó los nervios de Sergio.
- Espero que la cena sea de tu agrado.
Sor Ameba apareció con una bandeja que colocó sobre la mesa. Sergio se puso líbido.
-¿Te ocurre algo, hermano? preguntó Angelo.
- Perdone, pero es que ... no puedo comer nada que tenga forma.
- ¿Forma?
- Sí, veo la forma del animalillo y es superior a mi...
- Vaya por Dios.


Los ojos de Sor Ameba se clavaron en él como si fueran dardos.
- No te preocupes, esto tiene que ser una charla agradable. Y un maldito cochino no tiene porque fastidiarnos. Al pronunciar maldito cochino a Sergio se le heló el corazón.



Tomaron una copa de vino tinto, y al poco, apareció Sor Ameba con otra bandeja. De carne asada, fileteada, con una buena guarnición de verduras y patatas.

- ¿Qué tal, hermano? Veo que está usted encargado de la parroquia con más bautizos y comuniones de la Comarca, dijo don Angelo, echándose hacia atrás en el sillón.
- No es mérito mío, son cosas del Señor.
- Ya, pero en algo tendrá que ver su trabajo, hermano.
¡Otros compañeros suyos no pueden presumir de esto!, exclamó Angelo, mientras ambos se llevaron el primer trozo de carne a la boca.



- Ummm. Verdaderamente exquisito, dijo Sergio, a lo que Sor Ameba presente aún en la estancia, asintió con una sonrisa, que desapareció tan pronto se fue a la cocina.

- ¿Cómo te llevas con tu compañero de la Parroquia del Tarantelo, Sergio? Le preguntó don Angelo, mientras él intentaba recordar qué le evocaba el sabor del asado.
- ¿Con Juan? Estupendamente, señor.
- Sí, eso me han comentado, que os lleváis muy bien.
Sergio sintió la descarga de adrenalina en su pecho.
- Eso está bien hermano... lo que no está bien es que folléis juntos.


Sergio se quiso morir. El trozo de carne que estaba comiendo se le paró a media garganta, y su sabor se le tornó más salado, más blando...
- Monseñor... balbuceó.
- Puedes hacer lo que quieras, Sergio. Pero entenderás que esto no puede saberse.
¿Cómo podríamos hacer para que esto no se supiera?
, dijo, acercando dos centímetros su cara al rostro de Sergio.
Éste empezó a comer compulsivamente. Mientras lo hacía, sentía la falsa protección de que estaba excusado para hablar.



Pero habló.



- Monseñor, yo le quiero. Mi amor es puro.
- Sois tan puros como los habitantes de Sodoma y Gomorra, le espetó.
Pensativo, don Angelo se acercó a la cara de Sergio, tan cerca que éste le podía sentir el aliento.
- Lo que mejor puede pasar para que no se sepa nada, es que no suceda nada. Anoche Juan cenó conmigo y convine con él en terminar con este asunto vuestro.


Sergio miraba el plato de comida recién terminado, mientras se preguntaba por qué Juan no le había llamado desde entonces para prevenirle.


- Veo que te ha gustado el asado.
- Sí... hay que felicitar a Sor Ameba... dijo un tembloroso y sudoroso Sergio.
- Sí, hay que felicitarla de verdad. Le costó bastante trabajo quitarle la forma.



Ahora recordó Sergio ese sabor. Los besos de Juan retumbaron de nuevo, pero no en sus labios ni en su paladar. Venían del fondo de su estómago.

Juan no podía ni imaginar que estando dividido en trozos, aún pudiera sentir. El degüello. Los fuertes machetazos para cortar sus extremidades. El cuchillo pequeño que le dividió en múltiples porciones. Qué dolor. El agua hirviendo. Y ahora, los pinchazos del tenedor. Insufrible. Los dientes, la saliva descomponedora y el ácido clorhídrico del estómago de Sergio. Su Sergio.
Morir no era como le habían dicho. Se sentía todo.

Sergio se desmayó.


A la noche siguiente, don Angelo y Sor Ameba cenaron juntos, esta vez, con forma. Brindaron, mientras Sergio, ya tampoco estaba.

Y a ti ¿te gusta comer con forma?

7 comentarios:

Agata dijo...

Vaya,Alfonso...He tenido que esperar para otro cuento tuyo.Créeme que mereció la pena.Pero a partir de hoy me hago vegetariana...¿Tendrá que ver algo el carnicero de mi cuento?

Alfonso dijo...

Mucho que ver, me impresionó jjjj

Alfonso dijo...

joé que le he dao. Mucho que ver tu cuento, y también, lo de la forma, que es una de mis neuras. Esa foto del cochinillo es porque me lo encontré en un supermercado buscando cocretas congeladas; si por poco grito del espanto.
No puedo comer pajaritos ni nada que tenga forma ahhhggg

SOMMER dijo...

Carajo Alfonso, me has dejado perplejo, admirado, anonadado, sorprendido, reflexivo e impresionado.
Tu relato es tremendo. Muy muy muy bueno.

Vaya...

Agata dijo...

Yo me muero si me lo encuentro en una estantería...

Miguelo dijo...

jo que poco me gusta ver en el super los cochinillos o los conejos enteros... me dan pena. pero es que luego estan tan ricos...

Agata dijo...

GRACIAS....