12 marzo, 2008

Día del Seminario. (1)


Cuando llega el mes de marzo, la Iglesia celebra el día del Seminario.

El 19 de marzo, día de San José. Como este año ha caído en Miércoles Santo, se ha celebrado el fin de semana pasado.

Yo admiro a muchos sacerdotes que he conocido en mi vida.

A otros, no tanto.Si soy católico es por dos razones: la educación que recibí de mi familia y los sacerdotes buenos que he conocido. Recalco lo de buenos, porque algún sacerdote, también trabajó en el sentido contrario, para que perdiera la Fe en Dios y la Iglesia.De chico, mi Fe era de plastilina. Me moldeaban como querían y yo creía todo lo que me decían. Rezaba recitando oraciones como un papagayo y la liturgia y cosas de la Iglesia, me importaban bien poco.

Fue con catorce años cuando se me hizo la luz. Estoy muy agradecido a ello, porque ahí conocí que la Fe se podía vivir de otra manera. Fue en los salesianos. La vida de San Juan Bosco, la vida de Santo Domingo Savio y María Auxiliadora, me encandilaron. Descubrí a una Virgen alegre, de colores, no de llanto. En los salesianos me enseñaron que mi religión era la religión de la alegría. Aprendí como era una eucaristía. Lo que realmente era. Las misas empezaron a ser vivas para mi. No era un espectador. Era partícipe. Esa llama que me encendieron los salesianos, no se ha apagado nunca.

Pero claro, pasa lo que pasa y que es una de las razones por la que no estoy de acuerdo con que la religión se de en los colegios y sí en las parroquias. Que cuando sales del colegio, te sientes perdido, religiosamente hablando, porque la religión de los colegios no te integran en ninguna comunidad ni en ninguna parroquia. Dejé los salesianos porque no me gustaba la profesión que mi madre se había empeñado en que estudiara. Yo quería otra cosa, que sólo se podía estudiar en un centro público.

Allí, había un cura – el pobre fallecido, ya – del que no me gustaría hablar mal. Pero es que no se preocupaba. No transmitía alegría. Mis compañeros pasaban de él y él pasaba de los compañeros. Ahí me di cuenta de que en la Iglesia, no es oro todo lo que reluce.
Era un buen estudiante – lo sigo siendo jeje – , lo que se conocía como un empollón, no bajaba nunca de sobresalientes y notables. Entonces, me 'captaron'. No voy a poner el nombre de qué organización fue, pero ya ustedes os imagináis quién.

Un día apareció un compañero. Que si eres un buen estudiante, que si conozco un sitio donde se estudia muy bien, que si tal, que si cual...Allí fui. Un piso céntrico. Buena sala de estudio. Buenos chicos. Todos hombres. Ni una mujer. Cosa que me extrañó.

Poco a poco me iban enseñando el piso. Hasta que vi que una habitación era una capilla. Y así, de pronto, me vi metido allí hasta el cuello. Sin comerlo ni beberlo, y con sólo 19 años.

No estaba mal, la verdad. Me gustaba. Un día conocí a un sacerdote que me obligaba – con dulces palabras – pero obligación al cabo, por lo pesado que se ponía, a confesarme cada semana. Las preguntas sobre el sexo eran contínuas. Eso me inquietaba. Tanto sexo, por Dios. Luego, con los años, me he dado cuenta de que aquel pobre hombre, lo que estaba era, enfermo. Porque las cosas que me decía y que yo aquí no voy a repetir, era para pensarlo.

De nuevo, me daba cuenta de que en la Iglesia, no es oro, todo lo que reluce.

Pero Dios es grande, y te habla de la manera más impensable.

Un día se descubrió que yo no estaba confirmado. Me ofrecieron que me confirmaban en Roma. Sí, Roma, la de Italia, la de Julio César. Pero tuve una luz, un atisbo de inteligencia. Dije: Me quiero confirmar, pero lo haré en la parroquia en la que fui bautizado. Os prometo que no sé de donde me salió esa decisión. Pero así fue. Mejor dicho, entonces no sabía de donde salía esa decisión. Hoy, ya, sí lo sé.
Continuará.

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