03 febrero, 2008

Siempre


Miró el mar. Allí estaba. Tan azul y tan grande. Se perdía en el horizonte. Se fundían en uno los dos colores. Azul. La brisa marina le daba en la cara. Caminaba por la arena, respiró hondo y se subió a su caballo. Galopó por la ancha playa. Apenas a su espaldas, quedaba Gades, en medio del mar. Por la mañana, estuvo allí. Paseando por la calzada que le llevaba al templo de Heracles, en la isla de Sancti Petri. Allí le pidió al dios andaluz que le diera fuerzas. Fuerzas porque sabía que no volvería a verla. A aquella fenicia de ojos negros, pelo recogido, que le sonreía con toda la fuerza del mediodía.
Galopaba por toda la playa de Levante, hasta llegar al río de la tristeza. Entonces, siguió su curso ribera arriba. Rodeó la sierra y llegó a la ciudad que sería su hogar.
Pasaron mil años.

Las murallas almohades estaban recién construidas. Dentro, él hacía guardia. Estos cristianos hasta que no entren, no van a parar. Sintió de lejos el ruido de sables y el olor a sangre que tiñó de rojo la campiña.
¿Dónde estaría ella? La última vez que la vió llevaba un canasto de ropa, por la plaza del Mercado. Sus ojos negros, su pelo recogido y tapado por el velo, le tenía encantado. Su sonrisa. Ese era su tesoro. Su sonrisa. El, valiente guerrero, quedaba desarmado por la sonrisa de una mujer que se llamaba Fátima.
Escucho ruido. La guerra estaba en puertas. Y con ella, como siempre, la muerte.
Pasaron mil años.



Él iba hacia la biblioteca. Era opositor profesor de Historia. Le gustaba enseñar, pero tenía que demostrar que era el mejor. Cogió sus temas, preparados con tantos esfuerzos, pero se distrajo. Tomó un libro sobre la historia de Jerez. Se puso a soñar. Perdió el tiempo en cuanto a estudio, sí. Pero lo ganó en imaginación y viajando a través de las horas. Apenas se dió cuenta, de que ella se sentó a su lado. Le miró y sonrió. Qué sonrisa. Tenía los ojos negros, su pelo recogido. No llevaba velo, pero si un pañuelo alrededor del pelo. Se miraron. Era 13 de mayo.

Ella le dijo: ¿no me felicitas?

El le contestó: a pesar de verte todos los días, no sé como te llamas.

Me llamo Fátima, le dijo ella, pero yo prefiero que tú me llames 'siempre'.

Eso haré, dijo él mientras se difuminaba en sus ojos.

De nuevo, volvían a estar juntos.


1 comentario:

Agata dijo...

Alfonso...me encanta leerte.