23 febrero, 2008

Estallido.

Me di cuenta de su existencia cuando comencé a oler a fresas. Era imposible. No era el tiempo. Estaba delante mía. Al principio pequeña, aunque veía como crecía por segundos.Hacía ruido al tomar el aire para hacerse mayor.
Al llegar a un tamaño determinado, eclipsó a su dueña. Y seguía aumentando, aunque más lentamente.Yo empezé a temblar, con los ojos entrecerrados, temiendo lo peor. Aquello no podía tener un buen final. Los segundos se me hicieron eternos, mientras flotaba en el aire y su piel estaba a punto de desgarrarse.
Fue todo muy rápido. Estalló con una gran explosión. No como las otras. Ésta había sido verdaderamente grande. Mi cara de sorpresa acompasó a una serie de exclamaciones blasfemas que se convirtieron en risa.
Ella se levantó, y fue al servicio. Allí se lavó la cara. Se quitó los restos de chicle de las pestañas y volvió a su puesto de trabajo.
Yo, ya calmado, me centraba en el mío, a la vez que intentaba olvidar esa enésima explosión de goma que me ponía de los nervios.

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