18 enero, 2008

Olas que os rompéis bramando...


Tengo la suerte de vivir en la provincia de Cádiz. Cualquier sitio a donde vaya es precioso, ya sea la desembocadura del Guadalquivir, la bahía de Cádiz, la sierra de Grazalema, el Parque Natural de los Alcornocales, el Estrecho de Gibraltar... por ahí se encuentra uno de mis puntos favoritos. Escenario natural que me maravilla. Hace años que no voy. Pero cuando iba, me sentaba en la arena y miraba al horizonte; entonces, muchas escenas y personajes se representaban en mi cabeza. Villeneuve, Nelson, Victory, Santisima Trinidad, Churruca, Alcalá Galiano, Gravina, y miles de gaditanos rezando en la Iglesia del Carmen, muy cerca de La Caleta.
Como sabrán, este sitio es Trafalgar. Muchas veces me he sentado bajo ese faro, mirando al mar los días de verano, intentando escudriñar entre el rumor de sus olas, el fragor de tanta historia.
Un día, que en Jerez hacía soleado, cuando llegué al faro, aquello era una tempestad. El cielo plomizo, y el agua negra, me asustó. Entendí de golpe el valor de los marineros y lo penoso de trabajar en el mar.
Sentarse en la orilla del Estrecho es una sensación imponente. Los días claros, ves al otro lado, Africa. Tan cerca, que parece que la pudieras tocar con las manos. Si el día está malo, aquello es el fin del mundo, y sólo deseas regresar a casa.
Un sitio mágico para mí, que cada domingo que podía, iba a gozar de lo que por gaditano tenía la suerte de disfrutar cerca.
Hasta que dejé de ir porque un día, el mar empezó a vomitar cadáveres. Los gritos de Africa se transformaron en muertos y muertos, y mi mar, de nuevo, después de aquella batalla, volvía a convertirse en un cementerio. Un mar que echaba fuera a unos muertos que no eran suyos. Unos muertos que debían haber sido vivos con dignidad en tierra.
Dejé de ir. Ponía la radio, y los informativos me recordaban día a día la tragedia. No la misma tragedia. Cada día, cada persona, era una tragedia distinta y una madre esperando una carta al otro lado del Estrecho.
Ignoré las informaciones. No quería saber nada.
En mi anterior trabajo, mientras veía el campo y a lo lejos, el aeropuerto de Jerez; ví de pronto, varios guardias civiles corriendo y un helicóptero volando.
Y allí estaban, de nuevo. Corriendo, huyendo, pero vivos, vivos vomitados por el mar.
Un Guardia Civil atrapó a uno, y los otros se perdieron en un maizal. El muchacho, negro, cuando se acercó el Guardia le gritó en un español extraño: ¡No me mates! Y el guardia, le dijo: No te voy a matar. Le cogió del brazo lo sentaron en el suelo. Apestaba. Ojos abiertos como nunca había visto. El Guardia Civil le dio un bocadillo.
Una furgoneta los había abandonado en la autopista Cádiz – Sevilla, y habían salido huyendo.
Yo seguí en mi trabajo después de haber visto la escena. Intentaba disimular, como si aquello no fuera conmigo. Pero la última ola del mar, había vomitado tan fuerte, que a pesar de estar a sesenta kilómetros, la espuma me había salpicado.
Por eso, cada día que escucho que alguien muere buscando el pan, no puedo dejar, y no sé por qué, de sentirme culpable.



2 comentarios:

Agata dijo...

Yo tampoco puedo dejar de sentirme culpable.
Ser emigrante no es nada fácil.Y nosotros no ayudamos nada.Encima que vienen a trabajar de lo que no queremos porque somos unos "señores"...No,para mí ellos son los SEÑORES.Que se juegan la vida,que aprenden un idioma,se adaptan,trabajan mucho por poco,se dejan la familia lejos...y sonríen.

Nacho G.Hontoria dijo...

Tanto esfuerzo por llegar a España e intentar hacerse un hueco en un trbajo para poder subsistir y que luego haya "seres" que hagan manifestaciones en contra de la "inseguridad ciudadana" que, para ellos, provocan y que llamen "toda esa escoria venida de fuera". Penoso. Sobre ello dedico el último post de mi blog.
Un saludo