05 enero, 2008

La silla



La silla estaba al fondo de la salita. Tenía poder. A Manuel, que se sentó hace un rato, le latía el corazón por Isabel, pero no era capaz de decírselo nunca. Pom, pom, los sístoles y diástoles recorrían la madera. No era desde luego, como las suaves caricias de Leonor. Ella era un puro suspiro que la acariciaba. Enamorada como estaba de Manuel, era muy feliz con sólo tenerle cerca.
Juan la hacía crujir. Su peso la agobiaba. Sudoroso, la higiene era lo último que le preocupaba. Tenía ganas de que se fuera.
María era mojada. Sús lágrimas a veces le llegaban a su espalda. Tenía miedo. Miedo de lo que le pasó y miedo de lo que le podía pasar. Le hubiera gustado tener brazos como aquél sillón para poder abrazarla.
Jorgito era un torbellino en el mar. La movía, la arrastraba, le hacía cosquillas. La volvía media loca.
El señor cura se sentó también. Todo de negro, le daba miedo. Su tos la hacía sobresaltar. Una vez que puso la mano sobre ella sintió estupor, estaba helada.
Javier si por poco la hizo bailar. Siempre que llegaba, hacía movimientos ritmicos con el pie, como si fuera un diapasón. Ella bailaba a compás.
Jose, así le llamaban, como palabra llana y sin tilde, llegó nervioso, no sabía si enojado o enfadado. Qué le iba a hacer. Tenía lo que se dice mucha pluma. Un tío grosero, al pasar por el paso de cebra, le había llamado, maricón.
Pepita sin querer le había clavado una aguja. Pero ella se la perdonaba, porque admiraba la belleza de su trabajo. Como si fueran nudos virtuales, sus dedos a gran velocidad, hacían una colcha que acunaría un bebé.
Empezaror a irse, y la salita se empezo a quedar vacía.
Sólos. Ella y él. El era un jarrón con una costilla de adán. No podían andar, pero cuando estaban sólos era el único momento del día – más bien de la noche , en que podían verse bien.
Se durmieron como siempre, mirándose el uno a la otra y viceversa.
Pasó la noche, y se abrió la puerta.
Los tacones indicaron a la voz de 'pase', que la consulta clínica iba comenzar.
El doctor Juan era uno de los psicólogos más reconocidos, no sólo de su ciudad, sino de todo el país.
Según la última encuesta de aquella revista científica, tenía el índice más alto de solución de problemas en las personas.
Juan, a veces pensaba: 'Reconozco que he estudiado, que me he preparado, pero no entiendo el por qué de tanto éxito, nunca falla nada'. Por eso la comunidad ciéntifica estaba intrigada por él. La silla, sonreía. Pobre, el bueno de Juan. Con lo que había estudiado, y todavía no se había dado cuenta de que ella, la que estaba al fondo de la salita, tenía poder.

5 comentarios:

Cat's dijo...

qué historia mas bonita... es tuya? cuántas cosas dentro de una salita pueden tener poder? miro a mi alrededor...
besos!

Alfonso dijo...

Gracias; sí, es mía. De vez en cuando escribo alguna historieta :) Sobre todo me gusta dar vida a los seres inanimados :)

Ana dijo...

Linda.
Gracias por visitarme y tus palabras.
Besobeso.

Ana dijo...

Linda historia.
Gracias por visitarme y por tus palabras.
Un beso de presentación.

Agata dijo...

Yo,que tengo que ir a consulta médica como paciente cada dos por tres,no volveré a sentirme ni a sentarme igual que hasta ahora que leí tu estupendo relato.Como que estoy mirando mi salón e imaginandome el fiestorro que harán todos los muebles por la noche...jejeje.Como siempre,me encantó.Enhorabuena.