10 enero, 2008

La arena



Carlos había colocado la toalla marrón sobre la arena, debajo de su sombrilla. Había poca gente en la playa. Era entre semana, a últimos de mayo.
Se sentó sobre ella y miró al mar. A la izquierda , las rocas. El resto, mar abierto. Respiró hondo. El olor del mar le serenaba, al igual que el rumor de las olas.
Se puso la protección solar, su gorra y cerró los ojos. Le apetecía estar así. La tranquilidad. Una ligera brisa fresca le acariciaba la piel.
Hacía unas horas había discutido con Marta y le había tenido que pegar. Sí. Ella no entendía de otra manera. Al final le dijo que sí. Se podía haber ahorrado ese disgusto si desde el primer momento ella hubiera dicho que sí. Pero era terca como una mula.
El no era como los violentos de los que hablaba la televisión o el periódico. En su caso era circunstancial, sobre todo, porque ella, lo provocaba. Nunca se llevaba dejar por la razón . Se empeñaba en lo mismo, en lo mismo.
Marta no era la misma que él conocío. Ahora lloraba a menudo. No le gustaba que le hiciera chantaje de esa manera.
En fin, ya se la pasaría. Caprichos de mujeres.
Carlos se encontraba bien en la playa. Aislado de ese hogar que a veces le axfisiaba y que le costaba mantener en orden.
La arena era su relax. Tal vez, por eso, por sentirse tranquilo, Carlos no notó que la arena se movía.
Miles de granitos eran uno, tomando la forma del cuerpo de Carlos echado en la playa.
La brisa aumentó hasta convertirse en viento. Las olas eran más grandes, mientra la marea aumentaba.
Carlos dormía.
La arena, todo uno, abrazó a Carlos, que desapareció.
Marta yacía en la cocina. La policía tomaba nota. Es la número 53, dijo la teniente.
Al día siguiente, en el cementerio, al otro lado del mar, Marta fue enterrada en una lápida, con el número 32 de su edad. Su madre, desgarrada, cogió un puñado de tierra suelta que había bajo un ciprés blanco de la sal y lo echó sobre al atáud de su hija.
Cerraron el féretro y se hizo la oscuridad. Marta reposaba para siempre con un puñado de tierra encima. Un puñado de tierra que era Carlos echo arena.

1 comentario:

Agata dijo...

Te aseguro que se me han puesto los pelos de punta y el corazón triste.Y eso es porque ese relato de tu propiedad ocurre todos los días,desafortunadamente.El otro día cambié de canal justo en el momento en que un "hijo de p..." en Holanda asestaba puñaladas en el suelo a su pareja...y ella se intentaba defender con las manos.En plena calle y nadie hacía nada.No me puedo quitar esa imagen de encima...
Relatos como el tuyo hacen que no se nos olvide la realidad.