02 enero, 2008

Esclavos del siglo XXI



La vi cansada. Con ojeras, con la vista perdida entre paquetes de arroz, de espaguettis y botes de champú y gel. Apenas tuvo fuerzas para decirme buenas tardes. El pip del escáner la tenía que tener medio loca. Tenía sueño y la cintura rota. Los ojos rojos por no poder ver la luz del día. Ella tenía calor, porque la calefacción estaba alta. Sin embargo, su compañera, un poco más allá, estaba helada, tenía cerca el expositor de los yogures, llegándole el frío de las neveras.

¿Me puede subir un poco la caja de cerveza, señor? No hace falta que la ponga sobre la cinta, sólo que yo pueda ver el código para marcarlo.

No, yo soy el cliente, súbalo usted que para eso le pagan.

Le tuvo que poner buena cara. Vino un chico al rato – que le provocó una cola de las que tanto le estresaban – para que el señor, el cliente, no tuviera que hacer el supremo esfuerzo de subir un poco una caja de cerveza.
La cola siguió pasando. Ella pasó mis productos, me cobró y me ayudó a meter las cosas en la bolsa. Yo me fui, y ella siguió allí con más clientes. No sé cuánto tiempo llevaría allí, desde que hora estaría. No sé cuánto tiempo le quedaría por estar. No sé de cuántas horas sería su contrato. No sé cuántas horas reales trabajaría. Ni idea de cuánto le pagarían.
Pero estaba reventada.
Reventada como tantos y tantas en este país que trabajan hasta dejarse la piel – y la salud – en su trabajo. Que no tienen vida propia y su única ilusión es poder dormir. Que no comen por que no tienen hambre, porque sólo piensan en que tengo que trabajar, tengo que trabajar y tengo que trabajar. Tengo que trabajar, porque tengo que pagar, tengo que pagar, y tengo que pagar. Y tengo que pagar, porque he de vivir, he de vivir, y he de vivir.

Nuestra héroe de hoy es una cajera.

Pero podía ser mil cosas: recepcionistas de hotel, enfermeras de consultorios médicos, maestros de la enseñanza privada, comerciales de una inmobiliaria, personal de servicio de las gasolineras, empleados de limpieza, y tanto y tantos empleos – infraempleos – de los que sabes cuándo empiezas la jornada, pero nunca cuándo la terminas.

¿Qué habrá dentro del corazón de estos empresarios que permiten una explotación humana de esta manera? ¿Cómo son capaces algunos – les conozco – de decir soy cristiano y hoy porque es jueves, viernes, martes santo voy a salir en mi procesión?

El trabajo está mal, y por eso aguantan. Por eso, se aprovechan. La Ley debe caer con toda su fuerza contra estos explotadores. Todos somos responsables. Yo, que escribo. El gobierno, que debe hacer más y mandar inspectores a los sitios sin avisar. Los sindicatos, que doblemente tienen responsabilidad, que para eso su fin es defender el derecho de – todos – los trabajadores. Y la sociedad entera, que cuando sepa que sucede esto, tiene que denunciarlo. Ya. Hay miedo a que te echen del trabajo, miedo real, pero con esto hay que acabar cuánto antes.
Ni un minuto de explotación humana más, por favor.



3 comentarios:

Agata dijo...

Y todos los demás vamos con prisas.Sin mirar la prisa que tienen ellos de ser felices con dignidad...Maldita avaricia económica y de sentimientos la nuestra.
Buena canción que has elegido...Un tango para bailarlo como la vida misma...

Anónimo dijo...

Alfonso estoy de acuerdo con lo que expones en tu comentario ya que yo como trabajador estoy siendo y me siento explotado en todos los aspectos ya no sólo respecto a horas de trabajo, sino en cuanto a cuantia económica.
El aguante y el miedo a perder el trabajo hace que sigamos aqui.
Si pudiera protestaria y haria eco de mi situacion a los sindicatos pero estoy muy desamparado económicamente y no puedo ariesgarme hasta encontrar algo mejor.
Gracias por tu reivindicación y apoyo al trabajador y repulsa contra los empresarios que no se ajustan a las normas laborales.

Fernando dijo...

cada vez que voy al Mercadona pienso lo mismo que tú. Esa terrible sensación de injusticia que gobierna nuestra vida cotidiana, la impotencia -no puedes intervenir porque igual te llevas una bofetada-, la necesidad de cambiar nuestro estilo de vida.
Los voraces y todopoderosos consumidores de productos se comportan asi porque no son cajeros ni tienen cajeros en su familia. Y creo que, aunque tuvieran cajeros en su familia, también se comportarían de manera egoista y desalmada.