01 diciembre, 2007

Arcos de la Frontera


Aunque el camino se le hacía largo y la vida un poco estrecha, siempre venía cuesta abajo cantando, porque se iba a encontrar con ella.

Cuando el nació, la veía de lejos, pero por caprichos del destino, tenía que coger por el camino contrario. De todas formas, sabía porque se lo habían dicho, que tarde o temprano, siempre, llegaría.

¡Y claro que llegaba! A pesar de los hombres le retenían en varias ocasiones, ella estaba allí, en lo alto de la cumbre. Él pasaba en silencio, por debajo. La miraba de reojo... le acariciaba sus pies. Elevándose sobre sí, miraba hacia arriba y la veía allí, besándose con el cielo.

Él, luego, bajaba sus ojos y miraba al frente, en su lento camino hacia el mar. En su ribera quedaba la huella de haber podido amar -otra vez- a Arcos de la Frontera.

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