22 noviembre, 2007

Misa del domingo 25 de noviembre de 2007, 34º del Tiempo Ordinario -


Lectura del santo Evangelio según san Lucas (23, 35-43) Cuando Jesús estaba ya crucificado, las autoridades le hacían muecas, diciendo: “A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el elegido”. También los soldados se burlaban de Jesús, y acercándose a él, le ofrecían vinagre y le decían: “Si tú eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo”. Había, en efecto, sobre la cruz, un letrero en griego, latín y hebreo, que decía: “Este es el rey de los judíos”. Uno de los malhechores crucificados insultaba a Jesús, diciéndole: “Si tú eres el Mesías, sálvate a ti mismo y a nosotros”. Pero el otro le reclamaba, indignado: “¿Ni siquiera temes tú a Dios estando en el mismo suplicio? Nosotros justamente recibimos el pago de lo que hicimos. Pero éste ningún mal ha hecho”. Y le decía a Jesús: “Señor, cuando llegues a tu Reino, acuérdate de mí”. Jesús le respondió: “Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso”.

Qué corte se llevaron los judíos, los romanos y todos los que vivían en Jerusalen en aquella época. Esperaban la llegada de un Rey. Y ahora allí estaba ese Rey. Crucificado. Moribundo. Perdido. Asustado. Llamando a su Padre. Con miedo. Qué Rey era ese. ¡Vaya Rey de pacotilla! Vaya Rey sin Reino. No, definitivamente, Jesús no era el Rey que esperaban. Pero hay un detalle, que por lo menos a mí me llama la atención. Incluso antes de morir, está perdonando. Perdona al buen ladrón. ¿Qué poder será eso? ¿a punto de morir y tiene ganas de perdonar? ¡Qué raro! y tan raro. Como que su poder no era de este mundo. Su poder lo demostró tres días después. Resucitó y ahí si vieron al Rey. Un rey de los pobres, de los que sufren, de los desheredados, de los últimos, de los que nadie quiere. Un Rey que quiere que su Reino lo hagamos nosotros. Un rey que muere para nacer de nuevo. Un Rey que transforma el mundo. ¿Te apuntas a ser su súbdito? No es fácil, pero formarás parte de un proyecto – el Reino de Dios – del que nunca te vas a arrepentir.

Primera Lectura Lectura del segundo libro de Samuel (5, 1-3)

En aquellos días, todas las tribus de Israel fueron a Hebrón a ver a David, de la tribu de Judá, y le dijeron: “Somos de tu misma sangre. Ya desde antes, aunque Saúl reinaba sobre nosotros, tú eras el que conducía a Israel, pues ya el Señor te había dicho: ‘Tú serás el pastor de Israel, mi pueblo; tú serás su guía’ ”.
Así pues, los ancianos de Israel fueron a Hebrón a ver a David, rey de Judá. David hizo con ellos un pacto en presencia del Señor y ellos lo ungieron como rey de todas las tribus de Israel.

Salmo Responsorial Salmo 121

Vayamos con alegría al encuentro del Señor.

¡Qué alegría sentí cuando me dijeron: “Vayamos a la casa del Señor”! Y hoy estamos aquí, Jerusalén, jubilosos, delante de tus puertas.
Vayamos con alegría al encuentro del Señor.
A ti, Jerusalén, suben las tribus, las tribus del Señor, según lo que a Israel se le ha ordenado, para alabar el nombre del Señor.
Vayamos con alegría al encuentro del Señor.
Por el amor que tengo a mis hermanos, voy a decir: “La paz sea contigo”. Y por la casa del Señor, mi Dios, pediré para ti todos los bienes.
Vayamos con alegría al encuentro del Señor.


Segunda Lectura Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los colosenses (1, 12-20)
Hermanos: Demos gracias a Dios Padre, el cual nos ha hecho capaces de participar en la herencia de su pueblo santo, en el reino de la luz. El nos ha liberado del poder de las tinieblas y nos ha trasladado al Reino de su Hijo amado, por cuya sangre recibimos la redención, esto es, el perdón de los pecados. Cristo es la imagen de Dios invisible, el primogénito de toda la creación, porque en él tienen su fundamento todas las cosas creadas, del cielo y de la tierra, las visibles y las invisibles, sin excluir a los tronos y dominaciones, a los principados y potestades. Todo fue creado por medio de él y para él. El existe antes que todas las cosas, y todas tienen su consistencia en él. El es también la cabeza del cuerpo, que es la Iglesia. El es el principio, el primogénito de entre los muertos, para que sea el primero en todo. Porque Dios quiso que en Cristo habitara toda plenitud y por él quiso reconciliar consigo todas las cosas, del cielo y de la tierra, y darles la paz por medio de su sangre, derramada en la cruz.

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