23 octubre, 2007

Lectura de la Misa del Domingo 28 de octubre, 30ª Semana del Tiempo Ordinario. Ciclo C.

PRIMERA LECTURA
Lectura del libro del Eclesiástico 35, 12-14. 16-18

El Señor es un Dios justo, que no puede ser parcial; no es parcial contra el pobre, escucha las súplicas del oprimido; no desoye los gritos del huérfano o de la viuda cuando repite su queja; sus penas consiguen su favor, y su grito alcanza las nubes; los gritos del pobre atraviesan las nubes y hasta alcanzar a Dios no descansan; no ceja hasta que Dios le atiende, y el juez justo le hace justicia.

Salmo responsorial Sal 33, 2-3. 17-18. 19 y 23
R. Si el afligido invoca al Señor, él lo escucha

Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca; mi alma se gloria en el Señor: que los humildes lo escuchen y se alegren.
R.
El Señor se enfrenta con los malhechores, para borrar de la tierra su memoria. Cuando uno grita, el Señor lo escucha y lo libra de sus angustias.
R.
El Señor está cerca de los atribulados, salva a los abatidos. El Señor redime a sus siervos, el no será castigado quien se acoge a él .
R.

SEGUNDA LECTURA
Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo 4, 6-8. 16-18

Querido hermano: Yo estoy a punto de ser sacrificado, y el momento de mi partida es inminente. He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe. Ahora me aguarda la corona merecida, con la que el Señor, juez justo, me premiará en aquel día; y no sólo a mi, sino a todos los que tienen amor a su venida. La primera vez que me defendí, todos me abandonaron, y nadie me asistió. Que Dios los perdone. Pero el Señor me ayudó y me dio fuerzas para anunciar íntegro el mensaje, de modo que lo oyeran todos los gentiles. Él me libró de la boca del león. El Señor seguirá librándome de todo mal, me salvará y me llevará a su reino del cielo. A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Lectura del Santo Evangelio según san Lucas 18, 9-14

En aquel tiempo, a algunos que, teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás, dijo Jesús esta parábola: - «Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, un publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: "¡Oh Dios!, te doy gracias, porque no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros; ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo." El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo: "¡Oh Dios!, ten compasión de este pecador." Os digo que éste bajó a su casa justificado, y aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.»

Muchas veces, lo que realmente importa no es que hagamos muchas cosas bien, sino la actitud con la que la hagamos. Podemos hacer como el fariseo de la parábola: no ser ni ladrón, ni injusto, ni adúltero o entregado al poder, como los publicanos. Es verdad, no hacía cosas malas. Pero su actitud... deja mucho que desear: se autocomplace, se pone de ejemplo ante los demás, y ora en su interior, de tal forma, que en vez de parecer que la oración va al mismo Dios, va a él mismo. Sin embargo, el publicano sí que está en pecado, pero se presenta a Dios con humildad y con actitud de arrepentimiento. Esto si es agradable a Dios, porque habla desde lo pequeño, desde lo humilde, será todo lo publicano que sea, todo lo pecador, pero tiene actitud de arrepentimiento, de convertirse, de entregarse a Dios. Por eso, no es extraño que Jesús no sea muy amigo de la gente que vive en palacios, que visten brillantes vestiduras, que dan lecciones de moral, y prefiera sentarse junto a las prostitutas, los ladrones, la gente de mal vivir, los pobres, los que sufre, y meto en este ejemplo también a los homosexuales, tan atacados por el sector reaccionario de nuestra Iglesia últimamente. Serán pecadores, por supuesto (cómo todos – quién esté libre de pecado que tire la primera piedra- )Pero quizás – y estoy seguro – valga más su actitud de acercamiento a Jesús, de conversión y compromiso con la Fe, que todos los pecados – que habría que discutirlos – de los que se les acusa.


Nota: he recibido correos de personas pidiéndome consejos. Yo sólo soy un pobre católico de a pie, que se prepara su Misa dominical, sus lecturas y hace su personal reflexión, que a veces puede estar equivocada. Quién quiera una visión adecuada debe buscar a su párroco, al sacerdote de su parroquia y dirigirse a él, ya que ellos son ellos los únicos que tienen el ministerio sagrado, y como pastores de nuestra Iglesia Católica, el don de proclamar la Palabra de Dios.

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