14 septiembre, 2007

Rayos, Truenos y Centellas.



Cuando era pequeño, una de las cosas que más me asustaban eran los rayos, y sobre todo, los truenos. Mi padre me decía que esos ruidos era San Pedro que rodaba las botas de vino por el cielo. Eso me dejaba un poco perplejo. ¿Por qué tendría que trabajar San Pedro en una bodega? ¿Cómo debían ser esas botas de grandes para hacer semejante ruido? Y lo peor, ¿cómo sería San Pedro de grande? Debía ser un gigante. Por este comentario, repetido a cada trueno de mi padre, el cielo cristiano para mí, era lo más parecido a lo que luego descubrí como el Olimpo.

Más tarde, en el colegio, ya aprendí a que se debían estos fenómenos. Mi curiosidad se acrecentaba entonces en medir el tiempo que pasaba entre la luz del rayo o relámpago, y el trueno. Así calculaba, sabiendo la velocidad del sonido, a que distancia estaba la tormenta y si se alejaba o acercaba a mí.

Me hacía gracia una vecina mía, Josefa, que los días de tormenta salía llorando. Les daba pánico, y en los momentos de los truenos, abandonaba todas sus tareas, se acostaba en su cama y se tapaba la cabeza con la almohada, hasta que amainaba el temporal.

Sólo una vez he pasado miedo; aunque en realidad, fue susto. Sucedió en la caída de un rayo en la barriada de la Granja hace unos años. Yo estaba en casa de mis padres, cerca de donde cayó. El estampido fue enorme; no me lo esperaba, y lo primero que pensé era que el bloque se venía abajo. Espantoso. Nunca oí un ruido tan grande, como si se rasgara todo lo que estaba alrededor. Entonces, comprendí, como ya sabía, porque hay que tenerle respeto a los rayos.

Son peligrosos, ayer mató a un chico en Huelva. Pero es un fenómeno que me atrae; siempre me recuerdan aquella lectura de pequeño en la que Benjamin Franklin estaba en el campo con una cometa, y al caer un rayo, pensó en como construir un aparato para atraerlos, naciendo así el pararrayos.

Desde entonces, cuando entro en la página del Instituto Nacional de Meteorología, siempre consulto el número de rayos. Ahí les pongo el mapa de ayer. Fíjense en cuántos hubo. Y fíjense en todos los que iluminaron con sus flashes nuestra ciudad. Impresionante ¿verdad?

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