10 agosto, 2007

María de Nazaret


Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí. Su nombre es Santo y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación. Él hace proezas con su brazo, dispersa a los soberbios de corazón. Derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes. A los hambrientos los colma de bienes y a los ricos despide vacíos. Auxilia a Israel su siervo, acordándose de su santa alianza según lo había prometido a nuestros padres en favor de Abrahán y su descendencia por siempre.


Cómo cristiano, que quieren que les diga, ésta es una de mis oraciones preferidos, además del Padre Nuestro. ¿Por qué? Porque salió de los mismísimos labios de la Virgen María. ¿Se imaginan ustedes estas palabras en los labios de una MUJER hace dos mil años, en una sociedad tan machista como la judía de aquella época? Es un canto alegre, de una mujer, que lejos de ser insumisa, como algunos críticos nos la quieren hacer parecer, es el de una mujer comprometida. Comprometida con la tarea que va a realizar su Hijo. Es soprendente que sea un canto alegre. Pero claro, cuando uno se hace cristiano, cuando decide seguir los pasos de su Hijo, muy pobremente por cierto, uno se da cuenta de que no podía ser de otra manera. Tiene que ser alegre. ¡Si su hijo iba a vencer la muerte por nosotros!. También, que noticia más grande nos da la Señora. ¡Derriba del trono a los poderosos! ¡Enaltece a los humildes! ¿Se enteran ustedes, que estáis en el poder de esto? ¿Os atrevéis los que os llamáis a vosotros mismos cristianos seguir en el poder?
Que quieren que les diga. María de Nazaret, junto a mi madre de la tierra, es la mujer de mi vida.


Salve, Regina, Mater misericórdiae: Vita, dulcedo, et spes nostra, salve. Ad te clamamus, éxsules, filli Hevae. Ad te suspiramus, gementes et flentes in hac lacrimarum valle. Eia ergo Advocata nostra, illos túos misericordes óculos ad nos converte. Et Jesum, benedictum fructum ventris tui, nobis post hoc exsílium ostende. O Clemens: O pía: O dulcis Virgo María.

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