09 agosto, 2007

Federico García Lorca


Quedan pocos días para tu aniversario. Dentro de poco colgaré un programa de radio dedicado a ti. Ojalá pudierá escribirte una poesía, pero me cuesta hacerte una rima digna. Desde que te conocí, me costó trabajo entender tu poesía, tu teatro. Recuerdo haberla recitado muy pequeño en el colegio:

LOS CUATRO MULEROS

1 De los cuatro muleros que van al campo, el de la mula torda, moreno y alto.
2
De los cuatro muleros que van al agua, el de la mula torda me roba el alma.
3
De los cuatro muleros que van al río, el de la mula torda es mi marío.
4
¿A qué buscas la lumbre la calle arriba, si de tu cara sale la brasa viva?

Inclusó llegué a cantarla y tocarla con la flauta.
Otra que me gusta de ti, es curiosa en mí. Porque soy antitaurino del todo. Es ésta:

LA COGIDA Y LA MUERTE
A las cinco de la tarde.
Eran las cinco en punto de la tarde.
Un niño trajo la blanca sábana a las cinco de la tarde.
Una espuerta de cal ya prevenida a las cinco de la tarde.
Lo demás era muerte y sólo muerte a las cinco de la tarde.
El viento se llevó los algodones a las cinco de la tarde.
Y el óxido sembró cristal y níquel a las cinco de la tarde.
Ya luchan la paloma y el leopardo a las cinco de la tarde.
Y un muslo con un asta desolada a las cinco de la tarde.
Comenzaron los sones de bordón a las cinco de la tarde.
Las campanas de arsénico y el humo a las cinco de la tarde.
En las esquinas grupos de silencio a las cinco de la tarde.
¡Y el toro solo corazón arriba! a las cinco de la tarde.
Cuando el sudor de nieve fue llegando a las cinco de la tarde
cuando la plaza se cubrió de yodo a las cinco de la tarde,
la muerte puso huevos en la herida
a las cinco de la tarde.
A las cinco de la tarde. A las cinco en Punto de la tarde.
Un ataúd con ruedas es la cama a las cinco de la tarde.
Huesos y flautas suenan en su oído a las cinco de la tarde.
El toro ya mugía por su frente a las cinco de la tarde.
El cuarto se irisaba de agonía a las cinco de la tarde.
A lo lejos ya viene la gangrena a las cinco de la tarde.
Trompa de lirio por las verdes ingles a las cinco de la tarde.
Las heridas quemaban como soles a las cinco de la tarde,
y el gentío rompía las ventanas a las cinco de la tarde.
A las cinco de la tarde.
¡Ay, qué terribles cinco de la tarde!
¡Eran las cinco en todos los relojes!
¡Eran las cinco en sombra de la tarde!


La leo y me pone los pelos de punta, al igual que siento por la Elegía a Ramón Sijé, de Miguel Hernández, mi favorito junto a Antonio Machado. La Casa de Bernarda Alba, imponente. Pero ¡tienes tanto y tanto que no puedo poner aquí! Tu vida me interesa. Vi tu película por la televisión. Duro. Es dura. Pienso mucho en eso. Ahora estoy leyendo un libro (como siempre, no puedo vivir sin un libro entre manos) sobre la Guerra Civil. Sí, ya sé, el autor es de derechas, pero me está gustando. La Trilogía de Gironella. He llegado a la mitad, a ‘un millón de muertos’ y pienso, ¡Qué terror más grande esta guerra civil que sufrimos los españoles! En la que, a partir de morir muchos, moriste tú. Cuando leo, pienso en toda esa gente que murió. En el frente o fusiladas. Qué terror tuviste que pasar. Qué inutil fue el que te mandó matar. Creía que acabaría contigo. Acabó con la persona y con todo lo que te quedaba por dar. Pero no acabó con tu obra. Iluso. Me quedo con este recuerdo tuyo. Para mí, tu mejor poema. El soneto de la dulce queja.

SONETO DE LA DULCE QUEJA

Tengo miedo a perder la maravilla
de tus ojos de estatua y el acento
que de noche me pone en la mejilla
la solitaria rosa de tu aliento.

Tengo pena de ser en esta orilla
tronco sin ramas; y lo que más siento
es no tener la flor, pulpa o arcilla,
para el gusano de mi sufrimiento.

Si tú eres el tesoro oculto mío,
si eres mi cruz y mi dolor mojado,

si soy el perro de tu señorío,


no me dejes perder lo que he ganado
y decora las aguas de tu río
con hojas de mi otoño enajenado.

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