23 agosto, 2007

Evangelio del domingo 26 de agosto de 2007


Evangelio
Lectura del santo Evangelio según san Lucas (13, 22-30)

Gloria a ti, Señor.

En aquel tiempo, Jesús iba enseñando por ciudades y pueblos, mientras se encaminaba a Jerusalén.
Alguien le preguntó: “Señor, ¿es verdad que son pocos los que se salvan?”
Jesús le respondió: “Esfuércense por entrar por la puerta, que es angosta, pues yo les aseguro que muchos tratarán de entrar y no podrán. Cuando el dueño de la casa se levante de la mesa y cierre la puerta, ustedes se quedarán afuera y se pondrán a tocar la puerta, diciendo: ‘¡Señor, ábrenos!’ Pero él les responderá: ‘No sé quiénes son ustedes’.
Entonces le dirán con insistencia: ‘Hemos comido y bebido contigo y tú has enseñado en nuestras plazas’. Pero él replicará: ‘Yo les aseguro que no sé quiénes son ustedes. Apártense de mí, todos ustedes los que hacen el mal’. Entonces llorarán ustedes y se desesperarán, cuando vean a Abraham, a Isaac, a Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios, y ustedes se vean echados fuera.

Vendrán muchos del oriente y del poniente, del norte y del sur, y participarán en el banquete del Reino de Dios. Pues los que ahora son los últimos, serán los primeros; y los que ahora son los primeros, serán los últimos”. Palabra del Señor. Gloria a ti, Señor Jesús.


Es una de las lectura más duras del Evangelio a mi criterio. Porque ser cristiano, radicalmente cristiano, no es absolutamente fácil. Por eso, al escuchar esta Palabra, uno se siente un cristiano descafeinado. Sin embargo, no deja de ser esperanzador y nos invita y exige a ser más humildes si queremos tener un buen sitio en el Reino. Y no olvidemos que el Reino de Dios está en el Cielo, pero que hay que construirlo también aquí. Muchas veces nos dijeron que aguantaramos las penas aquí, que después de la muerte tendríamos la recompensa. Allí los últimos serían los primeros. Y mientras los primeros en la tierra, a hartarse y explotar al resto. Pues no. Es en la tierra, donde los cristianos tenemos que invertir el orden. Para que aquí, no haya primeros ni últimos, sino que todos seamos iguales. ¿Has pensado cuántas personas que hoy señalamos con el dedo pueden que estén mas cerca del Reino de Dios que nosotros mismos? Nuestra Iglesia, que a fin de cuenta somos nosotros, tenemos que tomar buena nota de esto.

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