28 agosto, 2007

Evangelio del domingo 2 de septiembre de 2007


Lectura del santo Evangelio según san Lucas

14, 1.7-14



Gloria a ti, Señor.



Un sábado, Jesús fue a comer en cada de uno de los jefes de los fariseos, y éstos estaban espiándolo. Mirando cómo los convidados escogían los primeros lugares, les dijo esta parábola:

«Cuando te inviten a un banquete de bodas, no te sientes en el lugar principal, no sea que haya algún otro invitado más importante que tú, y el que los invitó a los dos venga a decirte: “Déjale el lugar a este”, y tengas que ir a ocupar, lleno de vergüenza, el último asiento. Por el contrario, cuando te inviten, ocupa el último lugar, para que, cuando venga el que te invitó, te diga: “Amigo, acércate a la cabecera”. Entonces te veras honrado de presencia de todos los convidados. Porque el que se engrandece a sí mismo, será humillado; y el que se humilla, será engrandecido». Luego dijo al que lo había invitado:

«Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque puede ser que ellos te inviten a su vez, y con eso quedarías recompensado. Al contrario, cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados, a los cojos y a los ciegos; y así seras dichoso, porque ellos no tienen con qué pagarte; pero ya se te pagará, cuando resuciten los justos».

Palabra del Señor.

Gloria a ti, Señor Jesús.



La lectura de este domingo nos explica con claridad los valores de justicia que van a primar para poder construir el Reino de Dios. Dos cosas son claras: una, la humildad. Muchas veces pecamos de protagonismo; nos gusta figurar, montarnos en los escenarios, gritar desde los atriles, colgarnos nuestras medallas, pero... vaya, esto no es lo que Dios quiere. La otra cosa, la opción clara por los pobres, por los lisiados... y traslando aquella situación a nuestros días, con los que nadie quiere. Qué dificil ¿verdad? Estar con los que nadie quiere. Y encima, invitarlos y compartir con ellos. No voy a poner la lista. Pero todos sabemos quienes son los que nadie quieren. Y en nuestra Iglesia, ¿dámos la sensación de no querer a algún colectivo de los que nadie quiere? A cavilar.

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