23 febrero, 2007

Orígenes

Cómo dije en uno de los anteriores posts, he estado bastante ocupado estos días. La preparación de la conferencia sobre ‘Los caminos del cielo’, con mi compañero Lito se ha llevado mucho tiempo de ocio. Era un tema que más o menos domino, el de la orientación utilizando las estrellas, el reconocimiento de éstas y de las constelaciones, y su relación con la mitología. Digo más o menos domino, porque creo que la mitología nunca llegaré a aprenderla del todo. Cada vez que me acerco a ella, descubro cosas nuevas que nunca antes había leído.
Puede ser una afición rara, si por rara entendemos lo poco común. No sé por qué me ha estado acompañando a lo largo de mi vida. Qué es lo que surgió dentro de mí, para que naciera en mi interior este interés por los cielos.
Mucho tuvo que ver que yo haya vivido parte de mi infancia y mi adolescencia en el campo.
Me he parado a pensar cuándo fue el primer momento. En qué instante observé por primera vez un cuerpo celeste. No ha sido fácil. Pero creo haberlo conseguido.
El primero fue sin duda el Sol. Por las tardes, cuando volvía de mi casa del campo (la actual granja) hacia Jerez (entonces era Jerez, no ‘el centro’), veía como el Sol se ponía. El horizonte entonces estaba limpio, no había tantos bloques de pisos como ahora. De tanto mirarlo, aunque la luminosidad era mucho menor debido al atardecer y su tamaño aparente mucho más grande, me molestaba a la vista claro está. Empezaba a ver manchas en su superficie por efecto de fijar la mirada, y mi interpretación era de que al Sol le estaba acabando el combustible, y que algún día se apagaría. No iba mal descaminado. Algún día se apagará, lo que pasa que a mis diez años (ni ahora) tenía motivos para alarmarme, porque para que llegue ese momento, aun quedan algunos millones , muchos, de años.
Nadie me sabía explicar lo que yo veía. No mires al sol, me decían. Comenzaba a sentir lo que luego conocemos como ‘la soledad del astrónomo’.
El otro astro en el que me fijé era la Luna, no podía ser otro. No todas las noches, aparecía. De diversas formas. Recuerdo una particularmente, no sé que edad tendría, y el recuerdo me viene como un sueño, en el que iba por un camino con mi hermana y yo iba mirando la Luna. Le veía su sombra, que luego me enteré que eran mares sin agua. Intentaba dibujar una figura, y lo conseguía. Le veía una cara. Femenina, con la boca abierta. Cautiva la Luna también de pequeñito.
¿Por qué estaba allí colgada? ¿Cómo es que no se caía?
Me llevaban a mi casa en un camión con jarras de leche. Llenas por las mañanas. Vacías por la tarde. Una tarde me dejaron esperando en una casa cerca de la actual barriada de la Granja, donde tenían un televisor, objeto al que le quedaban algunos años para llegar a mi casa. En blanco y negro, ponían la serie de ‘La Conquista del Espacio’, hoy conocida como Star Treck, y que como curiosidad, puedo decir que no he visto ninguna película de la serie. Vi en esa pantalla grisácea la figura de aquel extraterrestre de orejas puntiagudas, Mr. Spock o como se escriba. Me alarmé. Me di cuenta que los hombres (entonces no se mentaba a las mujeres como parte de un todo) no éramos los únicos del universo. Comencé a observar el cielo con más atención. Con más fantasía, y por qué no decirlo, con más miedo. Sólo tenía unos diez años.

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